Después del desayuno, muy temprano, por encargo de mi abuelo, emprendimos el camino rumbo a Huamantanga a realizar en la municipalidad los trámites del autoavalúo de la casa. Con un tibio sol acompañándonos, iniciamos la subida a Cruz Grande, desde donde el trayecto se vuelve casi plano y directo. Además del expediente, cuidadosamente ordenado en un folder, llevábamos una radiograbadora a pilas y algunos casetes grabados especialmente para el viaje, entre ellos uno con "Lo mejor del rock de los 80".
Luego de un breve descanso bajo la cruz que se alzaba imponente, nos quedamos en silencio contemplando la capilla a lo lejos, los eucaliptos que se mecían suavemente, el cerro vigilante y la explanada extendida bajo el sol tibio de la mañana. Era un instante de quietud. Entonces, retomamos el camino.

Haciendo coro, nuestras voces comenzaron a cantar sin temor al ridículo, total, nadie podía escucharnos. El sonido se expandía por el aire fresco de la altura, deslizándose entre los eucaliptos y los matorrales que bordeaban el camino. A cada paso, el eco parecía acompañarnos, mezclándose con el polvo bajo las zapatillas y con el murmullo del viento. El sol, ya más alto, iluminaba los tallos verdes y las piedras todavía húmedas del sendero. La música seguía sonando, "... Cruzando la esquina, te veo y vuelvo a recordar aquella medicina que nos gustaba saborear...", y se mezclaba naturalmente con nuestros pasos, en ese tramo tranquilo del camino que nos llevaba, sin apuro, rumbo a Huamantanga.
Aquella travesía en las alturas, envuelta en esas viejas melodías del rock ochentero, aún hoy resuenan en mi memoria y vuelven en el tiempo señalando los caminos recorridos.
Junto a ese andar, mi primo Bladimir encendió la grabadora y dejó que el casete comenzara a girar, llenando el aire con el inconfundible riff del bajo eléctrico, al que pronto se sumaron la guitarra, la batería y los teclados. La potencia de la letra, a todo volumen, rompió el silencio del camino: "Fui a las puertas del Edén y encontré todo muy bien, fui a la casa del prelado, lo sentí muy preocupado..."
Llegando a la carretera, otra letra nos hacía cantar a coro: “La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas; mil horas, como un perro…”. Y mientras avanzábamos, al pasar por la quebrada de Nononcocha, sonó aquella otra que siempre nos hacía callar un momento: “Ella existió solo en un sueño, él es un poema que el poeta nunca escribió…”. Luego seguimos con: "Una tartamuda se enamoró de mi, yo era un cualquiera y ella era actriz...", como si la ruta fuera escogiendo las canciones por nosotros.
Sin darnos cuenta, encadenamos melodía tras melodía: “Tu imaginación me programa en vivo, llego volando...” marcó el ritmo suave del camino, hasta que llegamos a Ucanán, que cruzamos entre risas y pasos más firmes mientras retumbaba: “¿...Y ahora qué pasa? ¡Uno, dos, ultraviolento...!”. En la siguiente subida, ya algo cansados, nos acompañó: “Estoy llorando en mi habitación, todo se nubla a mi alrededor…”, y la letra parecía mezclarse con el esfuerzo de nuestras piernas y el aire tibio que nos rodeaba.
Al llegar a la cruz hicimos una pausa para descansar. Allí, frente al cementerio, empezó a sonar: "Martha tiene un marcapasos que le anima el corazón...", como si incluso la música supiera dónde estábamos y quisiera animar el silencio del lugar.
Al cruzar el puente de entrada a Huamantanga, sonaba en el radiocasset: "Lunes por la madrugada yo cierro los ojos y veo tu cara que sonríe cómplice de amor...". Luego apagamos la música y seguimos por las calles silenciosas hasta llegar a la plaza. Allí hicimos los trámites en la municipalidad, compramos panes y bollos aún tibios y tomamos un par de gaseosas para refrescarnos antes de emprender el regreso.
Finalmente, enrumbamos de vuelta por el mismo camino, y sin planearlo terminamos escuchando y cantando con la misma desverguenza las canciones de la ida. Coincidentemente, el trayecto tomó exactamente una hora, lo que duraba el casete. Como si el viaje y la música hubieran sido pensados el uno para el otro.
Luego de un breve descanso bajo la cruz que se alzaba imponente, nos quedamos en silencio contemplando la capilla a lo lejos, los eucaliptos que se mecían suavemente, el cerro vigilante y la explanada extendida bajo el sol tibio de la mañana. Era un instante de quietud. Entonces, retomamos el camino.

Haciendo coro, nuestras voces comenzaron a cantar sin temor al ridículo, total, nadie podía escucharnos. El sonido se expandía por el aire fresco de la altura, deslizándose entre los eucaliptos y los matorrales que bordeaban el camino. A cada paso, el eco parecía acompañarnos, mezclándose con el polvo bajo las zapatillas y con el murmullo del viento. El sol, ya más alto, iluminaba los tallos verdes y las piedras todavía húmedas del sendero. La música seguía sonando, "... Cruzando la esquina, te veo y vuelvo a recordar aquella medicina que nos gustaba saborear...", y se mezclaba naturalmente con nuestros pasos, en ese tramo tranquilo del camino que nos llevaba, sin apuro, rumbo a Huamantanga.
Aquella travesía en las alturas, envuelta en esas viejas melodías del rock ochentero, aún hoy resuenan en mi memoria y vuelven en el tiempo señalando los caminos recorridos.
Junto a ese andar, mi primo Bladimir encendió la grabadora y dejó que el casete comenzara a girar, llenando el aire con el inconfundible riff del bajo eléctrico, al que pronto se sumaron la guitarra, la batería y los teclados. La potencia de la letra, a todo volumen, rompió el silencio del camino: "Fui a las puertas del Edén y encontré todo muy bien, fui a la casa del prelado, lo sentí muy preocupado..."
Llegando a la carretera, otra letra nos hacía cantar a coro: “La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas; mil horas, como un perro…”. Y mientras avanzábamos, al pasar por la quebrada de Nononcocha, sonó aquella otra que siempre nos hacía callar un momento: “Ella existió solo en un sueño, él es un poema que el poeta nunca escribió…”. Luego seguimos con: "Una tartamuda se enamoró de mi, yo era un cualquiera y ella era actriz...", como si la ruta fuera escogiendo las canciones por nosotros.
Sin darnos cuenta, encadenamos melodía tras melodía: “Tu imaginación me programa en vivo, llego volando...” marcó el ritmo suave del camino, hasta que llegamos a Ucanán, que cruzamos entre risas y pasos más firmes mientras retumbaba: “¿...Y ahora qué pasa? ¡Uno, dos, ultraviolento...!”. En la siguiente subida, ya algo cansados, nos acompañó: “Estoy llorando en mi habitación, todo se nubla a mi alrededor…”, y la letra parecía mezclarse con el esfuerzo de nuestras piernas y el aire tibio que nos rodeaba.
Al llegar a la cruz hicimos una pausa para descansar. Allí, frente al cementerio, empezó a sonar: "Martha tiene un marcapasos que le anima el corazón...", como si incluso la música supiera dónde estábamos y quisiera animar el silencio del lugar.
Al cruzar el puente de entrada a Huamantanga, sonaba en el radiocasset: "Lunes por la madrugada yo cierro los ojos y veo tu cara que sonríe cómplice de amor...". Luego apagamos la música y seguimos por las calles silenciosas hasta llegar a la plaza. Allí hicimos los trámites en la municipalidad, compramos panes y bollos aún tibios y tomamos un par de gaseosas para refrescarnos antes de emprender el regreso.
Finalmente, enrumbamos de vuelta por el mismo camino, y sin planearlo terminamos escuchando y cantando con la misma desverguenza las canciones de la ida. Coincidentemente, el trayecto tomó exactamente una hora, lo que duraba el casete. Como si el viaje y la música hubieran sido pensados el uno para el otro.