viernes, 25 de septiembre de 2026

Rock en la alturas

 Después del desayuno, muy temprano, por encargo de mi abuelo, emprendimos el camino rumbo a Huamantanga a realizar en la municipalidad los trámites del autoavalúo de la casa. Con un tibio sol acompañándonos, iniciamos la subida a Cruz Grande, desde donde el trayecto se vuelve casi plano y directo. Además del expediente, cuidadosamente ordenado en un folder, llevábamos una radiograbadora a pilas y algunos casetes grabados especialmente para el viaje, entre ellos uno con "Lo mejor del rock de los 80".
       Luego de un breve descanso bajo la cruz que se alzaba imponente, nos quedamos en silencio contemplando la capilla a lo lejos, los eucaliptos que se mecían suavemente, el cerro vigilante y la explanada extendida bajo el sol tibio de la mañana. Era un instante de quietud. Entonces, retomamos el camino.

    Haciendo coro, nuestras voces comenzaron a cantar sin temor al ridículo, total, nadie podía escucharnos. El sonido se expandía por el aire fresco de la altura, deslizándose entre los eucaliptos y los matorrales que bordeaban el camino. A cada paso, el eco parecía acompañarnos, mezclándose con el polvo bajo las zapatillas y con el murmullo del viento. El sol, ya más alto, iluminaba los tallos verdes y las piedras todavía húmedas del sendero. La música seguía sonando, "... Cruzando la esquina, te veo y vuelvo a recordar aquella medicina que nos gustaba saborear...", y se mezclaba naturalmente con nuestros pasos, en ese tramo tranquilo del camino que nos llevaba, sin apuro, rumbo a Huamantanga.
     Aquella travesía en las alturas, envuelta en esas viejas melodías del rock ochentero, aún hoy resuenan en mi memoria y vuelven en el tiempo señalando los caminos recorridos.
    Junto a ese andar, mi primo Bladimir encendió la grabadora y dejó que el casete comenzara a girar, llenando el aire con el inconfundible riff del bajo eléctrico, al que pronto se sumaron la guitarra, la batería y los teclados. La potencia de la letra, a todo volumen, rompió el silencio del camino: "Fui a las puertas del Edén y encontré todo muy bien, fui a la casa del prelado, lo sentí muy preocupado..."
    Llegando a la carretera, otra letra nos hacía cantar a coro: “La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas; mil horas, como un perro…”. Y mientras avanzábamos, al pasar por la quebrada de Nononcocha, sonó aquella otra que siempre nos hacía callar un momento: “Ella existió solo en un sueño, él es un poema que el poeta nunca escribió…”. Luego seguimos con: "Una tartamuda se enamoró de mi, yo era un cualquiera y ella era actriz...", como si la ruta fuera escogiendo las canciones por nosotros.
         Sin darnos cuenta, encadenamos melodía tras melodía: “Tu imaginación me programa en vivo, llego volando...” marcó el ritmo suave del camino, hasta que llegamos a Ucanán, que cruzamos entre risas y pasos más firmes mientras retumbaba: “¿...Y ahora qué pasa? ¡Uno, dos, ultraviolento...!”. En la siguiente subida, ya algo cansados, nos acompañó: “Estoy llorando en mi habitación, todo se nubla a mi alrededor…”, y la letra parecía mezclarse con el esfuerzo de nuestras piernas y el aire tibio que nos rodeaba.
    Al llegar a la cruz hicimos una pausa para descansar. Allí, frente al cementerio, empezó a sonar: "Martha tiene un marcapasos que le anima el corazón...", como si incluso la música supiera dónde estábamos y quisiera animar el silencio del lugar.
   Al cruzar el puente de entrada a Huamantanga, sonaba en el radiocasset: "Lunes por la madrugada yo cierro los ojos y veo tu cara que sonríe cómplice de amor...". Luego apagamos la música y seguimos por las calles silenciosas hasta llegar a la plaza. Allí hicimos los trámites en la municipalidad, compramos panes y bollos aún tibios y tomamos un par de gaseosas para refrescarnos antes de emprender el regreso.
    Finalmente, enrumbamos de vuelta por el mismo camino, y sin planearlo terminamos escuchando y cantando con la misma desverguenza las canciones de la ida. Coincidentemente, el trayecto tomó exactamente una hora, lo que duraba el casete. Como si el viaje y la música hubieran sido pensados el uno para el otro.

miércoles, 13 de mayo de 2026

HUAMANTANGA

Este pueblo, cuna del ilustre cosmógrafo mayor del Perú, doctor de José Gabriel Moreno, se halla situado en la cima de un cerro de empinadísima cuesta. Dista de Canta cinco ó seis leguas, de endiablado camino.
En Huamantanga se venera un Crucifijo muy milagroso, cuya fiesta se celebraba anualmente el 3 de Mayo, con extraordinaria pompa y magnificencia. Concurrían de todos los pueblos de la provincia en romería, hasta 1855, de dos á tres mil almas, y por lo menos un centenar de devotos que iban desde Lima. Los gastos de la fiesta se hacían con erogaciones voluntarias de los fieles, y contribuía en no poco el mayordomo que era siempre algún rico hacendado de la provincia. El que lo fué en 1813, llevó el fausto hasta haber forrado con una lámina de plata el altar mayor.

https://es.wikisource.org/wiki/Huamantanga

sábado, 14 de febrero de 2026

La vida en el camino


Habíamos llegado a Quipàn con la intención de realizar varias caminatas por esos territorios; sin embargo, tuvimos que retornar debido a un imprevisto. Aun así, nos llevamos buenas imágenes de este pueblo anexo al distrito de Huamantanga, de sus modestos reservorios de Conchococha y Huaracaní, estructuras creadas para colectar y aprovechar las escorrentías de aguas que bajan de las alturas en temporada de lluvias; de los parajes misteriosos del cerro Anduy, cuyas formaciones rocosas se muestran como protectores de tierras antiguas; de sus miradores Unkujirka y Shonkomarka, desde donde se tienen panorámicas de pueblos cercanos como Marco y Sumbilca, y los más bellos atardeceres de este distrito; de sus casas de adobe y piedra, con bellos balcones y puertas. Todos eso en un par de días, aquí algunas fotos de nuestra visita.
Quipán, Distrito Huamantanga - Provincia Canta (Región Lima)

 

domingo, 8 de febrero de 2026

EL IMAGINARIO RELIGIOSO EN LA PEREGRINACIÓN AL SANTUARIO DEL SEÑOR DE HUAMANTANGA

 

EL IMAGINARIO RELIGIOSO EN LA PEREGRINACIÓN AL

SANTUARIO DEL SEÑOR DE HUAMANTANGA

Betsalí Curi

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

RESUMEN

El presente trabajo trata sobre los imaginarios en la peregrinación al Santuario del señor de Huamantanga, sustentados en la tradición oral tradición oral que cuenta cómo llegó hasta Huamantanga el milagroso escultor que trabajó la imagen de Cristo crucificado que se venera en el pueblo. Cada año en el mes de mayo se hace una peregrinación, rememorando el recorrido que se cuenta en la tradición; a lo largo del camino los devotos han establecido una serie de lugares donde se detienen obligatoriamente ya que, según el imaginario popular, serían los mismos lugares que se describen en el relato.

https://revistas.urp.edu.pe/index.php/Aula_Ciencia/article/download/229/218/470

sábado, 7 de febrero de 2026

La noche de las luciérnagas

   Era una mañana soleada en la villa. En la plaza, junto a nosotros, algunos viajeros aguardaban el ómnibus que venía desde Marco y que nos llevaría a la ciudad. Ese esperado viaje nos llenaba de ilusión y alegría, ya nos imaginábamos en Lima, rodeados de luces y disfrutando de nuestro programa favorito frente al televisor.

    Cuando llegó el ómnibus, nos acomodamos en los primeros asientos, discutiendo con mi hermano quién se sentaría junto a la ventana, hasta que finalmente acordamos ir rotando de lugar cada cierto tramo. Así comenzó el viaje, dejando atrás las casas de adobe con techos de teja y calamina, y las cruces de madera que en Pucará y Cruz Grande marcaban la salida del pueblo.

       Al llegar a Huamantanga, junto al abuelo bajamos apresurados para comprar los panes y bollos, separándolos en bolsas para la familia. Ya se comentaba que el ómnibus que venía desde Lima había partido así que no habría problemas para coincidir con el transbordo.

       El viaje continuó y, al pasar la cruz de Huaripa, me llegó el turno de sentarme junto a la ventana. Desde allí disfrutaba el paisaje agreste, con los imponentes cerros empinados al frente, y observaba con deleite las revueltas que hacía la carretera en la bajada lo cual contrastaba con el fuerte sol y el cielo azul. Al pasar la última curva ya podía ver la carretera al frente e imaginar el avance del otro ómnibus que nos daría el encuentro.

     Al llegar a Huarimayo, los pasajeros descargaron su equipaje y se acomodaron a un lado de la carretera. Los mayores conversaban animadamente, mientras el chofer y su ayudante maniobraban el ómnibus dejándolo listo para el regreso. Un grupo de muchachos, entre ellos mi hermano y yo, observábamos el caudal del río y el puente derrumbado, imaginando y comentando lo que pudo haber ocurrido para encontrarlo así, interrumpiendo y dejando la vía intransitable.

    La hora avanzaba y cualquier ruido inusual nos hacía pensar que el ómnibus que debía recogernos estaba por llegar, pero no era así. Los mayores comenzaban a impacientarse y el hambre se hacía sentir, por lo que recurrieron a los panes y bollos que llevaban. Para nosotros, en cambio, eso era indiferente, la curiosidad por explorar los alrededores del río era más fuerte, aunque el peligro se insinuaba entre los matorrales, las piedras y el agua. Con la llegada de la tarde, la brisa fría nos obligó a abrigarnos y, a medida que el sol se ocultaba, permanecíamos cada vez más cerca del ómnibus. Al caer la noche, todos se recogieron en silencio, abrigándose como podían, ya preocupados por la larga espera. 

    De pronto, en medio de la noche oscura, comenzaron a aparecer pequeñas luces que se desplazaban en distintas direcciones. Eran luciérnagas. Sus destellos, breves y titilantes, surgían como diminutas brasas suspendidas en el aire, encendiéndose y apagándose al compás de su vuelo. Algunas se elevaban lentamente, como si flotaran, mientras otras trazaban giros rápidos entre los matorrales, dejando la impresión de pequeños caminos luminosos que desaparecían al instante. A nuestro alrededor, el silencio se volvió más hondo y la oscuridad, menos temible. Era como si el campo hubiera despertado de pronto para regalarnos un espectáculo secreto: un cielo invertido, lleno de estrellas moviéndose entre nosotros. Nos quedamos quietos, mirando, sin decir palabra. Solo los destellos verdes y amarillos de las luciérnagas iluminaban aquella noche.

    Nos encontrábamos embelesados con aquel espectáculo silencioso cuando, de pronto, una voz fuerte lo interrumpió: —¡Ya viene el otro carro!.

    La magia de las luces se desvaneció al volver la mirada hacia la carretera. A lo lejos, pudimos ver dos faros recortándose en la oscuridad, avanzando lentamente entre el polvo y las sombras. No había duda, el ómnibus se acercaba para el tan esperado transbordo.

    Así, retomamos la ruta. Cansados, recostados en los asientos y con la noche aún sobre nuestros hombros, la carretera se deslizaba frente a nosotros al compás paciente del motor. Poco a poco, la ciudad fue anunciándose a lo lejos, primero con un par de destellos y luego con el brillo pleno de las luces y el ruido creciente que rompía la oscuridad.

    El viaje llegaba a su fin, pero nada podría borrar lo vivido aquel día ni la magia de aquella noche, la noche de las luciérnagas.


sábado, 31 de enero de 2026

Ídolos de piedra en Huamantanga: El ídolo Ticllawacho

El ídolo era una piedra huanca situada en una lagunilla del pueblo viejo de Auquimarca. A esta piedra huanca acudían en peregrinaje los naturales del pueblo de Huamantanga. Los sacerdotes y sacerdotisas también acudían a este lugar para rendirle ofrendas y ceremonias para sanar las enfermedades y otros dones en bien de la población. En el mismo lugar los doctrineros de la orden de la merced edificaron la primera iglesia cristiana ubicada en la parte sur de lo que hoy se llama «plaza vieja».

«Hernando Carvachin que declara y confirma ser guari del pueblo de San Pedro de Quipán anexo de esta doctrina de Guamantanga de el ayllu de Allauca -dijo que arriba de la capilla que solía ser del Santo Cristo por un lado de ella estaba una lagunilla en medio de la cual está levantada una piedra llamada Guanca a la cual adoran los más de que este pueblo de Guamantanga y que una india nombrada Sausa María, viuda natural del pueblo de Rauma y residente en este pueblo de Guamantanga, le pidió y rogó a este que declara (hace 13 años), que tenía una hija enferma de mal del corazón llamada Ana que tenía cinco años y hoy está casada con un indio cantor de este dicho pueblo [...] del ayllu de Sigual que fuese con ella este declarante a la dicha laguna y allí pidiese y rogase a Dios que es la dicha piedra nombrada Guanca que le diese salud y «en esta conformidad fue este declarante que la dicha muchacha muy de mañana y puesto en pie juntando y abriendo las manos la adoró diciendo padre y Dios mío tú que quitaste la salud a esta pobre dadle vida y quítale el achaque y a estas razones la asperjó y echó coca en hoja y luego le ofreció un corderito de llama muerto llegándose a la dicha piedra encendido y echó con una brasa de candela hasta que todo eso se hizo ceniza y mientras se quemaba lo referido estaba en oración pidiéndole la salud de la dicha muchacha y diciéndole a la dicha piedra que sus antepasados la habían adorado también, la adoraba también este declarante.

Luis Cajavilca Navarro: Metamorfosis de los dioses y las sacerdotisas andinos en Huamantanga (Canta), siglo XVII


lunes, 19 de enero de 2026

Toponimia de origen aimara: Quipán (aim. k’ipani ‘lugar con papas silvestres’),

Toponimia de origen aimara 

Por su parte, Villar (1935) sustentó que hacia el siglo VIII o IX de nuestra era, la nación de los Collas llegó al valle de Lima. Esta invasión aimara se produjo debido al poder expansivo de los collas, los huanchos y los huallas.

1) Los collas, habitantes de la región montuosa del Collao, ocuparon la hoya del Mantaro y se extendieron hacia el valle de Lima por las quebradas de Canta (aim.  ‘lugar con cercos’) y Huarochirí (aim. ‘el que construye andenes´), donde aún se encuentran las poblaciones prehispánicas de Collata, Jicamarca (aim. ‘lugar, pueblo seco’), Chaclla (aim.  ‘carrizos, ramas secas’)  y  Collo  (aim.  ‘montaña’).  También se introdujeron por la quebrada de Arahuay al valle de Yangas (aim. ‘región costera, cerca del río’) y ocuparon la vertiente izquierda del río Chillón hasta Collique (aim.-puq. ‘señor de los q’ulli’), Chucuito y el Callao.

De estos movimientos migratorios surgieron diferentes poblaciones cuyos nombres son indiscutiblemente de raíz aimara; por ejemplo, Canta (aim. ‘lugar con cercos’), Cantamarca (aim. ‘pueblo con cercos’), Quipán (aim.  k’ipani ‘lugar con papas silvestres’),  Maramara  (aim.  ‘año año’), Huarochirí (aim.  ‘el que construye andenes’), Tungasuca (aim.  ‘diez surcos’), Chuquitanta (aim. ‘cerro en forma de pan de oro’), Challacala (aim.  Ch’allaqala, ‘lugar con arena y piedras’),  Marcavilca  (aim. Markawillka, ‘pueblo del sol’), Piti Piti  (aim.  p’itip’iti, ‘hacer tejidos con palitos’), Maranga (aim.  Waranqa, ‘mil’), el antropónimo Chalaco (aim. ch’allaku, ‘gente que vive en las arenas’).


Edi Escobar Maquera: Toponimia aimara en la cuenca del Chillón, Lima 



Rock en la alturas

  Después del desayuno, muy temprano, por encargo de mi abuelo, emprendimos el camino rumbo a Huamantanga a realizar en la municipalidad l...