El fuerte sol de aquella mañana de octubre iluminaba el cielo con un brillo casi deslumbrante que presagiaba un día tranquilo y esplendoroso. Nada hacía imaginar que tras esa calma algo inesperada estaba por ocurrir. Después de un suculento desayuno preparado en casa, por mi abuela, emprendimos el recorrido por las calles del pueblo. Al llegar a la Cruz de Sonqoqocha, nos detuvimos un momento para implorar su cuidado y protección antes de continuar nuestro camino.
Con los burros bien aparejados iniciamos el descenso a Shequi por el pedregoso y accidentado camino de bajada. El sendero por ratos estrecho y serpenteante se abría entre ramas secas y rocas sueltas que nos hacían avanzar con cautela, cuidando de no resbalar; pasando luego un tramo plano que continuaba la senda. Junto a mi hermano, entre risas y juegos, trepando piedras y soportando algún golpe travieso llegamos al lugar donde se separa el camino que sigue al pueblo de Marco. Luego de refrescarnos con el agua fresca en la acequia de Canín, notamos que desde fondo de la quebrada que separa a ambos pueblos se elevaba lo que parecía una densa humareda que hacía presumir la ocurrencia de un gran incendio. Sorprendidos y preocupados observamos como aquel “humo” ascendía y se extendía cubriendo las laderas vecinas con un velo gris que anunciaba algo fuera de lo común.
Así, reiniciamos el camino descendente bajo el radiante sol de aquella mañana que caía con fuerza sobre nuestros hombros y hacía brillar el sendero polvoriento. Ya quedaba poco para llegar, por lo que apresuramos el paso, animados por la claridad del día, la brisa fresca y el deseo de alcanzar pronto nuestro destino.
Al llegar a Shequi, luego de quitar el cerco que cubría la entrada ingresamos al corral. Descargábamos las cosas que llevamos cuando de pronto notamos que desde el árbol de aliso, junto a la pirca de piedra y el camino, nos hacían señas con las manos y nos llamaban con insistencia. Era el tío Juan quien llevaba colgado sobre el hombro una radio a transistores encendida escuchando las noticias. Luego de saludarnos, con voz agitada preguntó:
—¿Tía, te encuentras bien?, ¿los chicos?, Donde les agarró el temblor?
—¡Temblor!, ¿Qué temblor?, ¿Cuándo?, ¿Cómo?, -respondió mi abuela, desconcertada.
—¿Qué?, ¿No lo sintieron?, que raro, ha sido bien fuerte, tía; abajo en la quebrada hubo derrumbes que levantaron gran polvareda, por un momento parecía que era un incendio. Yo estaba regando mi parcela cuando comenzó. Aquí en la radio dicen que en Lima ha sido terrible, duró casi dos minutos, hay casas derrumbadas, cientos de heridos y varios muertos. Me voy al pueblo a ver cómo están arriba... ojalá que no haya pasado nada grave.
Inmediatamente mi abuela dispuso que alistáramos todo para regresar. Apresuradamente recogimos las cosas y emprendimos el camino de vuelta. En el trayecto de subida, al borde del llanto y entre sollozos, ella rezaba con fervor implorando al Señor de Los Milagros que escuchara sus plegarias y protegiera a sus hijos que se encontraban en la ciudad. El eco de su voz se perdía en el silencio del camino, mientras el sol intenso y el cielo azul despejado acompañaban nuestro andar. En medio del temor, aquel 3 de octubre, la fe fue nuestro mayor refugio.




