sábado, 3 de octubre de 2026

Un día de octubre

 El fuerte sol de aquella mañana de octubre iluminaba el cielo con un brillo casi deslumbrante que presagiaba un día tranquilo y esplendoroso. Nada hacía imaginar que tras esa calma algo inesperada estaba por ocurrir.  Después de un suculento desayuno preparado en casa, por mi abuela, emprendimos el recorrido por las calles del pueblo. Al llegar a la Cruz de Sonqoqocha, nos detuvimos un momento para implorar su cuidado y protección antes de continuar nuestro camino.

Con los burros bien aparejados iniciamos el descenso a Shequi por el pedregoso y accidentado camino de bajada. El sendero por ratos estrecho y serpenteante se abría entre ramas secas y rocas sueltas que nos hacían avanzar con cautela, cuidando de no resbalar; pasando luego un tramo plano que continuaba la senda. Junto a mi hermano, entre risas y juegos, trepando piedras y soportando algún golpe travieso llegamos al lugar donde se separa el camino que sigue al pueblo de Marco. Luego de refrescarnos con el agua fresca en la acequia de Canín, notamos que desde fondo de la quebrada que separa a ambos pueblos se elevaba lo que parecía una densa humareda que hacía presumir la ocurrencia de un gran incendio. Sorprendidos y preocupados observamos como aquel “humo” ascendía y se extendía cubriendo las laderas vecinas con un velo gris que anunciaba algo fuera de lo común.

Así, reiniciamos el camino descendente bajo el radiante sol de aquella mañana que caía con fuerza sobre nuestros hombros y hacía brillar el sendero polvoriento. Ya quedaba poco para llegar, por lo que apresuramos el paso, animados por la claridad del día, la brisa fresca y el deseo de alcanzar pronto nuestro destino.

Al llegar a Shequi, luego de quitar el cerco que cubría la entrada ingresamos al corral. Descargábamos las cosas que llevamos cuando de pronto notamos que desde el árbol de aliso, junto a la pirca de piedra y el camino, nos hacían señas con las manos y nos llamaban con insistencia. Era el tío Juan quien llevaba colgado sobre el hombro una radio a transistores encendida escuchando las noticias. Luego de saludarnos, con voz agitada preguntó:

—¿Tía, te encuentras bien?, ¿los chicos?, Donde les agarró el temblor?

—¡Temblor!, ¿Qué temblor?, ¿Cuándo?, ¿Cómo?, -respondió mi abuela, desconcertada.

—¿Qué?, ¿No lo sintieron?, que raro, ha sido bien fuerte, tía; abajo en la quebrada hubo derrumbes que levantaron gran polvareda, por un momento parecía que era un incendio. Yo estaba regando mi parcela cuando comenzó. Aquí en la radio dicen que en Lima ha sido terrible, duró casi dos minutos, hay casas derrumbadas, cientos de heridos y varios muertos. Me voy al pueblo a ver cómo están arriba... ojalá que no haya pasado nada grave. 

Inmediatamente mi abuela dispuso que alistáramos todo para regresar. Apresuradamente recogimos las cosas y emprendimos el camino de vuelta. En el trayecto de subida, al borde del llanto y entre sollozos, ella rezaba con fervor implorando al Señor de Los Milagros que escuchara sus plegarias y protegiera a sus hijos que se encontraban en la ciudad. El eco de su voz se perdía en el silencio del camino, mientras el sol intenso y el cielo azul despejado acompañaban nuestro andar. En medio del temor, aquel 3 de octubre, la fe fue nuestro mayor refugio.

viernes, 2 de octubre de 2026

Evangelización y control social en la doctrina de Canta, siglos XVI y XVII

¿Cuáles fueron las características de la organización, desarrollo y realidad de la doctrinas como vehículos concretos de control a la población de Canta, durante los siglos XVI y XVII?

Dino León Fernández

viernes, 25 de septiembre de 2026

Rock en la alturas

    Después del desayuno, muy temprano, por encargo de mi abuelo, emprendimos el camino rumbo a Huamantanga a realizar en la municipalidad los trámites del autoavalúo de la casa. Con un tibio sol acompañándonos, iniciamos la subida a Cruz Grande, desde donde el trayecto se vuelve casi plano y directo. Además del expediente, cuidadosamente ordenado en un folder, llevábamos una radiograbadora a pilas y algunos casetes grabados especialmente para el viaje, entre ellos uno con "Lo mejor del rock de los 80".
  Luego de un breve descanso bajo la cruz que se alzaba imponente, nos quedamos en silencio contemplando la capilla a lo lejos, los eucaliptos que se mecían suavemente, el cerro vigilante y la explanada extendida bajo el sol tibio de la mañana. Era un instante de quietud. Entonces, retomamos el camino.

   Junto a ese andar, mi primo Bladimir encendió la grabadora y dejó que el casete comenzara a girar, llenando el aire con el inconfundible riff del bajo eléctrico, al que pronto se sumaron la guitarra, la batería y los teclados. La potencia de la letra, a todo volumen, rompió el silencio del camino: "Fui a las puertas del Edén y encontré todo muy bien, fui a la casa del prelado, lo sentí muy preocupado...". Haciendo coro, nuestras voces comenzaron a cantar sin temor al ridículo, total, nadie podía escucharnos. 
    
    El sonido se expandía por el aire fresco de la altura, deslizándose entre los eucaliptos y los matorrales que bordeaban el camino. A cada paso, el eco parecía acompañarnos, mezclándose con el polvo bajo las zapatillas y con el murmullo del viento. El sol, ya más alto, iluminaba los tallos verdes y las piedras todavía húmedas del sendero. La música seguía sonando: "...Cruzando la esquina, te veo y vuelvo a recordar aquella medicina que nos gustaba saborear...", y se mezclaba naturalmente con nuestros pasos, en ese tramo tranquilo del camino que nos llevaba, sin apuro, rumbo a Huamantanga.

     Llegando a la carretera, otra letra nos hacía cantar a coro: “La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas; mil horas, como un perro…”. Y mientras avanzábamos, al pasar por la quebrada de Nononcocha, sonó aquella otra que siempre nos hacía callar un momento: “Ella existió solo en un sueño, él es un poema que el poeta nunca escribió…”. Luego seguimos con: "Una tartamuda se enamoró de mi, yo era un cualquiera y ella era actriz...", como si la ruta fuera escogiendo las canciones por nosotros.

    Sin darnos cuenta, encadenamos melodía tras melodía: “Tu imaginación me programa en vivo, llego volando...” marcó el ritmo suave del camino, hasta que llegamos a Ucanán, que cruzamos entre risas y pasos más firmes mientras retumbaba: “¿...Y ahora qué pasa? ¡Uno, dos, ultraviolento...!”. En la siguiente subida, ya algo cansados, nos acompañó: “Estoy llorando en mi habitación, todo se nubla a mi alrededor…”, y la letra parecía mezclarse con el esfuerzo de nuestras piernas y el aire tibio que nos rodeaba.

    Al llegar a la cruz hicimos una pausa para descansar. Allí, frente al cementerio, empezó a sonar: "Martha tiene un marcapasos que le anima el corazón...", como si incluso la música supiera dónde estábamos y quisiera animar el silencio del lugar.

    Al cruzar el puente de entrada a Huamantanga, sonaba en el radiocasset: "Lunes por la madrugada yo cierro los ojos y veo tu cara que sonríe cómplice de amor...". Luego apagamos la música y seguimos por las calles silenciosas hasta llegar a la plaza. Allí hicimos los trámites en la municipalidad, compramos panes y bollos aún tibios y tomamos un par de gaseosas para refrescarnos antes de emprender el regreso.

   Finalmente, enrumbamos de vuelta por el mismo camino, y sin planearlo terminamos escuchando y cantando con la misma desverguenza las canciones de la ida. Coincidentemente, el trayecto tomó exactamente una hora, lo que duraba el casete. Como si el viaje y la música hubieran sido pensados el uno para el otro.

     Aquella travesía en las alturas, envuelta en esas viejas melodías del rock ochentero, aún hoy resuenan en mi memoria y vuelven en el tiempo señalando los caminos recorridos.

miércoles, 13 de mayo de 2026

HUAMANTANGA

Este pueblo, cuna del ilustre cosmógrafo mayor del Perú, doctor de José Gabriel Moreno, se halla situado en la cima de un cerro de empinadísima cuesta. Dista de Canta cinco ó seis leguas, de endiablado camino.
En Huamantanga se venera un Crucifijo muy milagroso, cuya fiesta se celebraba anualmente el 3 de Mayo, con extraordinaria pompa y magnificencia. Concurrían de todos los pueblos de la provincia en romería, hasta 1855, de dos á tres mil almas, y por lo menos un centenar de devotos que iban desde Lima. Los gastos de la fiesta se hacían con erogaciones voluntarias de los fieles, y contribuía en no poco el mayordomo que era siempre algún rico hacendado de la provincia. El que lo fué en 1813, llevó el fausto hasta haber forrado con una lámina de plata el altar mayor.

https://es.wikisource.org/wiki/Huamantanga

sábado, 14 de febrero de 2026

La vida en el camino


Habíamos llegado a Quipàn con la intención de realizar varias caminatas por esos territorios; sin embargo, tuvimos que retornar debido a un imprevisto. Aun así, nos llevamos buenas imágenes de este pueblo anexo al distrito de Huamantanga, de sus modestos reservorios de Conchococha y Huaracaní, estructuras creadas para colectar y aprovechar las escorrentías de aguas que bajan de las alturas en temporada de lluvias; de los parajes misteriosos del cerro Anduy, cuyas formaciones rocosas se muestran como protectores de tierras antiguas; de sus miradores Unkujirka y Shonkomarka, desde donde se tienen panorámicas de pueblos cercanos como Marco y Sumbilca, y los más bellos atardeceres de este distrito; de sus casas de adobe y piedra, con bellos balcones y puertas. Todos eso en un par de días, aquí algunas fotos de nuestra visita.
Quipán, Distrito Huamantanga - Provincia Canta (Región Lima)

 

domingo, 8 de febrero de 2026

EL IMAGINARIO RELIGIOSO EN LA PEREGRINACIÓN AL SANTUARIO DEL SEÑOR DE HUAMANTANGA

 

EL IMAGINARIO RELIGIOSO EN LA PEREGRINACIÓN AL

SANTUARIO DEL SEÑOR DE HUAMANTANGA

Betsalí Curi

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

RESUMEN

El presente trabajo trata sobre los imaginarios en la peregrinación al Santuario del señor de Huamantanga, sustentados en la tradición oral tradición oral que cuenta cómo llegó hasta Huamantanga el milagroso escultor que trabajó la imagen de Cristo crucificado que se venera en el pueblo. Cada año en el mes de mayo se hace una peregrinación, rememorando el recorrido que se cuenta en la tradición; a lo largo del camino los devotos han establecido una serie de lugares donde se detienen obligatoriamente ya que, según el imaginario popular, serían los mismos lugares que se describen en el relato.

https://revistas.urp.edu.pe/index.php/Aula_Ciencia/article/download/229/218/470

sábado, 7 de febrero de 2026

La noche de las luciérnagas

   Era una mañana soleada en la villa. En la plaza, junto a nosotros, algunos viajeros aguardaban el ómnibus que venía desde Marco y que nos llevaría a la ciudad. Ese esperado viaje nos llenaba de ilusión y alegría, ya nos imaginábamos en Lima, rodeados de luces y disfrutando de nuestro programa favorito frente al televisor.

    Cuando llegó el ómnibus, nos acomodamos en los primeros asientos, discutiendo con mi hermano quién se sentaría junto a la ventana, hasta que finalmente acordamos ir rotando de lugar cada cierto tramo. Así comenzó el viaje, dejando atrás las casas de adobe con techos de teja y calamina, y las cruces de madera que en Pucará y Cruz Grande marcaban la salida del pueblo.

       Al llegar a Huamantanga, junto al abuelo bajamos apresurados para comprar los panes y bollos, separándolos en bolsas para la familia. Ya se comentaba que el ómnibus que venía desde Lima había partido así que no habría problemas para coincidir con el transbordo.

       El viaje continuó y, al pasar la cruz de Huaripa, me llegó el turno de sentarme junto a la ventana. Desde allí disfrutaba el paisaje agreste, con los imponentes cerros empinados al frente, y observaba con deleite las revueltas que hacía la carretera en la bajada lo cual contrastaba con el fuerte sol y el cielo azul. Al pasar la última curva ya podía ver la carretera al frente e imaginar el avance del otro ómnibus que nos daría el encuentro.

     Al llegar a Huarimayo, los pasajeros descargaron su equipaje y se acomodaron a un lado de la carretera. Los mayores conversaban animadamente, mientras el chofer y su ayudante maniobraban el ómnibus dejándolo listo para el regreso. Un grupo de muchachos, entre ellos mi hermano y yo, observábamos el caudal del río y el puente derrumbado, imaginando y comentando lo que pudo haber ocurrido para encontrarlo así, interrumpiendo y dejando la vía intransitable.

    La hora avanzaba y cualquier ruido inusual nos hacía pensar que el ómnibus que debía recogernos estaba por llegar, pero no era así. Los mayores comenzaban a impacientarse y el hambre se hacía sentir, por lo que recurrieron a los panes y bollos que llevaban. Para nosotros, en cambio, eso era indiferente, la curiosidad por explorar los alrededores del río era más fuerte, aunque el peligro se insinuaba entre los matorrales, las piedras y el agua. Con la llegada de la tarde, la brisa fría nos obligó a abrigarnos y, a medida que el sol se ocultaba, permanecíamos cada vez más cerca del ómnibus. Al caer la noche, todos se recogieron en silencio, abrigándose como podían, ya preocupados por la larga espera. 

    De pronto, en medio de la noche oscura, comenzaron a aparecer pequeñas luces que se desplazaban en distintas direcciones. Eran luciérnagas. Sus destellos, breves y titilantes, surgían como diminutas brasas suspendidas en el aire, encendiéndose y apagándose al compás de su vuelo. Algunas se elevaban lentamente, como si flotaran, mientras otras trazaban giros rápidos entre los matorrales, dejando la impresión de pequeños caminos luminosos que desaparecían al instante. A nuestro alrededor, el silencio se volvió más hondo y la oscuridad, menos temible. Era como si el campo hubiera despertado de pronto para regalarnos un espectáculo secreto: un cielo invertido, lleno de estrellas moviéndose entre nosotros. Nos quedamos quietos, mirando, sin decir palabra. Solo los destellos verdes y amarillos de las luciérnagas iluminaban aquella noche.

    Nos encontrábamos embelesados con aquel espectáculo silencioso cuando, de pronto, una voz fuerte lo interrumpió: —¡Ya viene el otro carro!.

    La magia de las luces se desvaneció al volver la mirada hacia la carretera. A lo lejos, pudimos ver dos faros recortándose en la oscuridad, avanzando lentamente entre el polvo y las sombras. No había duda, el ómnibus se acercaba para el tan esperado transbordo.

    Así, retomamos la ruta. Cansados, recostados en los asientos y con la noche aún sobre nuestros hombros, la carretera se deslizaba frente a nosotros al compás paciente del motor. Poco a poco, la ciudad fue anunciándose a lo lejos, primero con un par de destellos y luego con el brillo pleno de las luces y el ruido creciente que rompía la oscuridad.

    El viaje llegaba a su fin, pero nada podría borrar lo vivido aquel día ni la magia de aquella noche, la noche de las luciérnagas.


Un día de octubre

  El fuerte sol de aquella mañana de octubre iluminaba el cielo con un brillo casi deslumbrante que presagiaba un día tranquilo y esplendoro...