sábado, 7 de febrero de 2026

La noche de las luciérnagas

   Era una mañana soleada en la villa. En la plaza, junto a nosotros, algunos viajeros aguardaban el ómnibus que venía desde Marco y que nos llevaría a la ciudad. Ese esperado viaje nos llenaba de ilusión y alegría, ya nos imaginábamos en Lima, rodeados de luces y disfrutando de nuestro programa favorito frente al televisor.

    Cuando llegó el ómnibus, nos acomodamos en los primeros asientos, discutiendo con mi hermano quién se sentaría junto a la ventana, hasta que finalmente acordamos ir rotando de lugar cada cierto tramo. Así comenzó el viaje, dejando atrás las casas de adobe con techos de teja y calamina, y las cruces de madera que en Pucará y Cruz Grande marcaban la salida del pueblo.

       Al llegar a Huamantanga, junto al abuelo bajamos apresurados para comprar los panes y bollos, separándolos en bolsas para la familia. Ya se comentaba que el ómnibus que venía desde Lima había partido así que no habría problemas para coincidir con el transbordo.

       El viaje continuó y, al pasar la cruz de Huaripa, me llegó el turno de sentarme junto a la ventana. Desde allí disfrutaba el paisaje agreste, con los imponentes cerros empinados al frente, y observaba con deleite las revueltas que hacía la carretera en la bajada lo cual contrastaba con el fuerte sol y el cielo azul. Al pasar la última curva ya podía ver la carretera al frente e imaginar el avance del otro ómnibus que nos daría el encuentro.

     Al llegar a Huarimayo, los pasajeros descargaron su equipaje y se acomodaron a un lado de la carretera. Los mayores conversaban animadamente, mientras el chofer y su ayudante maniobraban el ómnibus dejándolo listo para el regreso. Un grupo de muchachos, entre ellos mi hermano y yo, observábamos el caudal del río y el puente derrumbado, imaginando y comentando lo que pudo haber ocurrido para encontrarlo así, interrumpiendo y dejando la vía intransitable.

    La hora avanzaba y cualquier ruido inusual nos hacía pensar que el ómnibus que debía recogernos estaba por llegar, pero no era así. Los mayores comenzaban a impacientarse y el hambre se hacía sentir, por lo que recurrieron a los panes y bollos que llevaban. Para nosotros, en cambio, eso era indiferente, la curiosidad por explorar los alrededores del río era más fuerte, aunque el peligro se insinuaba entre los matorrales, las piedras y el agua. Con la llegada de la tarde, la brisa fría nos obligó a abrigarnos y, a medida que el sol se ocultaba, permanecíamos cada vez más cerca del ómnibus. Al caer la noche, todos se recogieron en silencio, abrigándose como podían, ya preocupados por la larga espera. 

    De pronto, en medio de la noche oscura, comenzaron a aparecer pequeñas luces que se desplazaban en distintas direcciones. Eran luciérnagas. Sus destellos, breves y titilantes, surgían como diminutas brasas suspendidas en el aire, encendiéndose y apagándose al compás de su vuelo. Algunas se elevaban lentamente, como si flotaran, mientras otras trazaban giros rápidos entre los matorrales, dejando la impresión de pequeños caminos luminosos que desaparecían al instante. A nuestro alrededor, el silencio se volvió más hondo y la oscuridad, menos temible. Era como si el campo hubiera despertado de pronto para regalarnos un espectáculo secreto: un cielo invertido, lleno de estrellas moviéndose entre nosotros. Nos quedamos quietos, mirando, sin decir palabra. Solo los destellos verdes y amarillos de las luciérnagas iluminaban aquella noche.

    Nos encontrábamos embelesados con aquel espectáculo silencioso cuando, de pronto, una voz fuerte lo interrumpió: —¡Ya viene el otro carro!.

    La magia de las luces se desvaneció al volver la mirada hacia la carretera. A lo lejos, pudimos ver dos faros recortándose en la oscuridad, avanzando lentamente entre el polvo y las sombras. No había duda, el ómnibus se acercaba para el tan esperado transbordo.

    Así, retomamos la ruta. Cansados, recostados en los asientos y con la noche aún sobre nuestros hombros, la carretera se deslizaba frente a nosotros al compás paciente del motor. Poco a poco, la ciudad fue anunciándose a lo lejos, primero con un par de destellos y luego con el brillo pleno de las luces y el ruido creciente que rompía la oscuridad.

    El viaje llegaba a su fin, pero nada podría borrar lo vivido aquel día ni la magia de aquella noche, la noche de las luciérnagas.


sábado, 31 de enero de 2026

Ídolos de piedra en Huamantanga: El ídolo Ticllawacho

El ídolo era una piedra huanca situada en una lagunilla del pueblo viejo de Auquimarca. A esta piedra huanca acudían en peregrinaje los naturales del pueblo de Huamantanga. Los sacerdotes y sacerdotisas también acudían a este lugar para rendirle ofrendas y ceremonias para sanar las enfermedades y otros dones en bien de la población. En el mismo lugar los doctrineros de la orden de la merced edificaron la primera iglesia cristiana ubicada en la parte sur de lo que hoy se llama «plaza vieja».

«Hernando Carvachin que declara y confirma ser guari del pueblo de San Pedro de Quipán anexo de esta doctrina de Guamantanga de el ayllu de Allauca -dijo que arriba de la capilla que solía ser del Santo Cristo por un lado de ella estaba una lagunilla en medio de la cual está levantada una piedra llamada Guanca a la cual adoran los más de que este pueblo de Guamantanga y que una india nombrada Sausa María, viuda natural del pueblo de Rauma y residente en este pueblo de Guamantanga, le pidió y rogó a este que declara (hace 13 años), que tenía una hija enferma de mal del corazón llamada Ana que tenía cinco años y hoy está casada con un indio cantor de este dicho pueblo [...] del ayllu de Sigual que fuese con ella este declarante a la dicha laguna y allí pidiese y rogase a Dios que es la dicha piedra nombrada Guanca que le diese salud y «en esta conformidad fue este declarante que la dicha muchacha muy de mañana y puesto en pie juntando y abriendo las manos la adoró diciendo padre y Dios mío tú que quitaste la salud a esta pobre dadle vida y quítale el achaque y a estas razones la asperjó y echó coca en hoja y luego le ofreció un corderito de llama muerto llegándose a la dicha piedra encendido y echó con una brasa de candela hasta que todo eso se hizo ceniza y mientras se quemaba lo referido estaba en oración pidiéndole la salud de la dicha muchacha y diciéndole a la dicha piedra que sus antepasados la habían adorado también, la adoraba también este declarante.

Luis Cajavilca Navarro: Metamorfosis de los dioses y las sacerdotisas andinos en Huamantanga (Canta), siglo XVII


lunes, 19 de enero de 2026

Toponimia de origen aimara: Quipán (aim. k’ipani ‘lugar con papas silvestres’),

Toponimia de origen aimara 

Por su parte, Villar (1935) sustentó que hacia el siglo VIII o IX de nuestra era, la nación de los Collas llegó al valle de Lima. Esta invasión aimara se produjo debido al poder expansivo de los collas, los huanchos y los huallas.

1) Los collas, habitantes de la región montuosa del Collao, ocuparon la hoya del Mantaro y se extendieron hacia el valle de Lima por las quebradas de Canta (aim.  ‘lugar con cercos’) y Huarochirí (aim. ‘el que construye andenes´), donde aún se encuentran las poblaciones prehispánicas de Collata, Jicamarca (aim. ‘lugar, pueblo seco’), Chaclla (aim.  ‘carrizos, ramas secas’)  y  Collo  (aim.  ‘montaña’).  También se introdujeron por la quebrada de Arahuay al valle de Yangas (aim. ‘región costera, cerca del río’) y ocuparon la vertiente izquierda del río Chillón hasta Collique (aim.-puq. ‘señor de los q’ulli’), Chucuito y el Callao.

De estos movimientos migratorios surgieron diferentes poblaciones cuyos nombres son indiscutiblemente de raíz aimara; por ejemplo, Canta (aim. ‘lugar con cercos’), Cantamarca (aim. ‘pueblo con cercos’), Quipán (aim.  k’ipani ‘lugar con papas silvestres’),  Maramara  (aim.  ‘año año’), Huarochirí (aim.  ‘el que construye andenes’), Tungasuca (aim.  ‘diez surcos’), Chuquitanta (aim. ‘cerro en forma de pan de oro’), Challacala (aim.  Ch’allaqala, ‘lugar con arena y piedras’),  Marcavilca  (aim. Markawillka, ‘pueblo del sol’), Piti Piti  (aim.  p’itip’iti, ‘hacer tejidos con palitos’), Maranga (aim.  Waranqa, ‘mil’), el antropónimo Chalaco (aim. ch’allaku, ‘gente que vive en las arenas’).


Edi Escobar Maquera: Toponimia aimara en la cuenca del Chillón, Lima 



jueves, 15 de enero de 2026

La Pacarina Aura

«Declara que hay en dicho pueblo de Quipán tres ayllus nombrados Chaupin, Yanac y Julia Chavi y que los dos ayllus nombrados Chaupín y Yanac tienen su pacarina adoratorio llamado Marca Aura que es lo arriba referido del peñasco junto al quishuar cortado donde tiene sus malquis y que el mochadero y pacarina del otro ayllu Julia Chavi esta como una legua del dicho pueblo la bajada hacia Ama»


Luis Cajavilca Navarro: Metamorfosis de los dioses y las sacerdotisas andinos en Huamantanga (Canta), siglo XVII

domingo, 11 de enero de 2026

Ídolos de piedra en Quipán: El ídolo Chontavillca

«Asimismo  declara  que  en  este  sitio  y  paraje  nombrado  Guaracani  que  está arriba  del  pueblo  de  San  Pedro  de  Quipán  que  es  [...]  un  peñasco  que  estará poco más o menos de media legua del dicho pueblo de Quipán [...] un entierro y guaca del tiempo antiguo tapada con unas piedras, pasa sobre ellas de icho que nace allí debajo estaba enterrado un ídolo de piedra del tamaño de más de media vara que tiene por nombre Chontavilca en figura de hombre donde está enterrado así mismo unos polvos blancos llamados poco y otros polvos amarillos llamados Llacssa y unas como negras llamada araguay y corderos de la tierra [...] y cuyes llamado hacas que esta es la comida del dicho.

Luis Cajavilca Navarro: Metamorfosis de los dioses y las sacerdotisas andinos en Huamantanga (Canta), siglo XVII

La noche de las luciérnagas

   Era una mañana soleada en la villa. En la plaza, junto a nosotros, algunos viajeros aguardaban el ómnibus que venía desde Marco y que nos...