Luego de un breve descanso bajo la cruz que se alzaba imponente, nos quedamos en silencio contemplando la capilla a lo lejos, los eucaliptos que se mecían suavemente, el cerro vigilante y la explanada extendida bajo el sol tibio de la mañana. Era un instante de quietud. Entonces, retomamos el camino.
Llegando a la carretera, otra letra nos hacía cantar a coro: “La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas; mil horas, como un perro…”. Y mientras avanzábamos, al pasar por la quebrada de Nononcocha, sonó aquella otra que siempre nos hacía callar un momento: “Ella existió solo en un sueño, él es un poema que el poeta nunca escribió…”. Luego seguimos con: "Una tartamuda se enamoró de mi, yo era un cualquiera y ella era actriz...", como si la ruta fuera escogiendo las canciones por nosotros.
Sin darnos cuenta, encadenamos melodía tras melodía: “Tu imaginación me programa en vivo, llego volando...” marcó el ritmo suave del camino, hasta que llegamos a Ucanán, que cruzamos entre risas y pasos más firmes mientras retumbaba: “¿...Y ahora qué pasa? ¡Uno, dos, ultraviolento...!”. En la siguiente subida, ya algo cansados, nos acompañó: “Estoy llorando en mi habitación, todo se nubla a mi alrededor…”, y la letra parecía mezclarse con el esfuerzo de nuestras piernas y el aire tibio que nos rodeaba.
Al llegar a la cruz hicimos una pausa para descansar. Allí, frente al cementerio, empezó a sonar: "Martha tiene un marcapasos que le anima el corazón...", como si incluso la música supiera dónde estábamos y quisiera animar el silencio del lugar.
Al cruzar el puente de entrada a Huamantanga, sonaba en el radiocasset: "Lunes por la madrugada yo cierro los ojos y veo tu cara que sonríe cómplice de amor...". Luego apagamos la música y seguimos por las calles silenciosas hasta llegar a la plaza. Allí hicimos los trámites en la municipalidad, compramos panes y bollos aún tibios y tomamos un par de gaseosas para refrescarnos antes de emprender el regreso.
Finalmente, enrumbamos de vuelta por el mismo camino, y sin planearlo terminamos escuchando y cantando con la misma desverguenza las canciones de la ida. Coincidentemente, el trayecto tomó exactamente una hora, lo que duraba el casete. Como si el viaje y la música hubieran sido pensados el uno para el otro.






