Era una mañana soleada en la villa. En la plaza, junto a nosotros, algunos viajeros aguardaban el ómnibus que venía desde Marco y que nos llevaría a la ciudad. Ese esperado viaje nos llenaba de ilusión y alegría, ya nos imaginábamos en Lima, rodeados de luces y disfrutando de nuestro programa favorito frente al televisor.
Cuando llegó el ómnibus, nos acomodamos en los primeros asientos, discutiendo con mi hermano quién se sentaría junto a la ventana, hasta que finalmente acordamos ir rotando de lugar cada cierto tramo. Así comenzó el viaje, dejando atrás las casas de adobe con techos de teja y calamina, y las cruces de madera que en Pucará y Cruz Grande marcaban la salida del pueblo.
Al llegar a Huamantanga, junto al abuelo bajamos apresurados para comprar los panes y bollos, separándolos en bolsas para la familia. Ya se comentaba que el ómnibus que venía desde Lima había partido así que no habría problemas para coincidir con el transbordo.
El viaje continuó y, al pasar la cruz de Huaripa, me llegó el turno de sentarme junto a la ventana. Desde allí disfrutaba el paisaje agreste, con los imponentes cerros empinados al frente, y observaba con deleite las revueltas que hacía la carretera en la bajada lo cual contrastaba con el fuerte sol y el cielo azul. Al pasar la última curva ya podía ver la carretera al frente e imaginar el avance del otro ómnibus que nos daría el encuentro.
Al llegar a Huarimayo, los pasajeros descargaron su equipaje y se acomodaron a un lado de la carretera. Los mayores conversaban animadamente, mientras el chofer y su ayudante maniobraban el ómnibus dejándolo listo para el regreso. Un grupo de muchachos, entre ellos mi hermano y yo, observábamos el caudal del río y el puente derrumbado, imaginando y comentando lo que pudo haber ocurrido para encontrarlo así, interrumpiendo y dejando la vía intransitable.
La hora avanzaba y cualquier ruido inusual nos hacía pensar que el ómnibus que debía recogernos estaba por llegar, pero no era así. Los mayores comenzaban a impacientarse y el hambre se hacía sentir, por lo que recurrieron a los panes y bollos que llevaban. Para nosotros, en cambio, eso era indiferente, la curiosidad por explorar los alrededores del río era más fuerte, aunque el peligro se insinuaba entre los matorrales, las piedras y el agua. Con la llegada de la tarde, la brisa fría nos obligó a abrigarnos y, a medida que el sol se ocultaba, permanecíamos cada vez más cerca del ómnibus. Al caer la noche, todos se recogieron en silencio, abrigándose como podían, ya preocupados por la larga espera.
De pronto, en medio de la noche oscura, comenzaron a aparecer pequeñas luces que se desplazaban en distintas direcciones. Eran luciérnagas. Sus destellos, breves y titilantes, surgían como diminutas brasas suspendidas en el aire, encendiéndose y apagándose al compás de su vuelo. Algunas se elevaban lentamente, como si flotaran, mientras otras trazaban giros rápidos entre los matorrales, dejando la impresión de pequeños caminos luminosos que desaparecían al instante. A nuestro alrededor, el silencio se volvió más hondo y la oscuridad, menos temible. Era como si el campo hubiera despertado de pronto para regalarnos un espectáculo secreto: un cielo invertido, lleno de estrellas moviéndose entre nosotros. Nos quedamos quietos, mirando, sin decir palabra. Solo los destellos verdes y amarillos de las luciérnagas iluminaban aquella noche.
Nos encontrábamos embelesados con aquel espectáculo silencioso cuando, de pronto, una voz fuerte lo interrumpió: —¡Ya viene el otro carro!.
La magia de las luces se desvaneció al volver la mirada hacia la carretera. A lo lejos, pudimos ver dos faros recortándose en la oscuridad, avanzando lentamente entre el polvo y las sombras. No había duda, el ómnibus se acercaba para el tan esperado transbordo.
Así, retomamos la ruta. Cansados, recostados en los asientos y con la noche aún sobre nuestros hombros, la carretera se deslizaba frente a nosotros al compás paciente del motor. Poco a poco, la ciudad fue anunciándose a lo lejos, primero con un par de destellos y luego con el brillo pleno de las luces y el ruido creciente que rompía la oscuridad.
El viaje llegaba a su fin, pero nada podría borrar lo vivido aquel día ni la magia de aquella noche, la noche de las luciérnagas.























