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Blog dedicado a difundir las tradiciones de Quipán
La muñeca de trapo
Era una mañana soleada en la villa. Javier, un chico de 10 años, junto a “Blanco”, su pequeño y fiel can, regresaban del campo a donde fueron llevando el desayuno al peón a quien la familia había encargado regar una plantación durante la madrugada.
Por ese lado del camino de entrada al pueblo se alzaba una antigua casa solitaria, abandonada y casi en estado ruinoso. Sus desgastadas paredes y ventanas revelaban el paso del tiempo y por su forma se podía presumir que fue habitada por una familia numerosa. Justo al pasar, por una extraña razón y sin motivo aparente “Blanco” se detuvo a ladrar sin parar originando curiosidad en Javier quien en su afán de hallar el motivo buscó una forma de ingresar trepando la vieja pared del lado posterior llegando a encontrar solo los restos de algunos utensilios tirados por el piso, muebles destruidos, y en una esquina pudo divisar lo que parecía una antigua muñeca de trapo con una extraña belleza y de colorido vestir tendida sobre el piso. Al notar que se encontraba en buen estado optó por guardarla en su bolso pensando en que sería un buen regalo para su pequeña hermana menor que pronto cumpliría años.
La danza de “Los Abuelitos” es parte del legado histórico de Quipán. En Julio, el pueblo de Quipán, distrito de Huamantanga, provincia de Canta, celebra la fiesta de la Vírgen del Carmen. En el baile de “Los Abuelitos,” unos hombres enmascarados bailan un pasacalle al ritmo melódico de un arpa.
El sincretismo cultural sirvió como un medio de resistencia y de adaptación para los oprimidos indígenas. Por eso es probable que el baile de “Los Abuelitos” originalmente fuera una parodia en contra de los españoles de Quipán. Nótese que las máscaras presentan las facciones de un hombre blanco, como la de los antiguos gobernadores españoles. Otros estudios aseguran que los abuelos personifican a las montañas (Apus) que rodean al pueblo. Parodia o no, ahora los Quipanenses guardan un profundo respeto por este baile.
El baile escenifica cinco etapas de la vida, desde la niñez hasta la vejez: el transporte, el transporte llano, el llano, el Saucecito y la Flor de habas. La sección más popular es ‘el Saucecito,’ de pasos y giros cadentes, que representan el cansancio de la vejez. Según el danzante Félix Ortiz, “el Saucecito te embarga de nostalgia y a la vez te recuerda todas las vicisitudes de la vida.” Tiene melodías cadentes y tristes, y los Quipanenses se emocionan al escucharlas.
La indumentaria de baile se denomina “corriente de abuelo” y se comparte entre los familiares que participarán en la festividad. Desde el año 1905, los danzantes acostumbran vestir un terno negro, pero durante el Virreinato utilizaban sólo una capa o manta. Además del bastón (símbolo de autoridad), llevan también unos cascabeles en las pantorrillas.
La prenda más resaltante es la champa, gorro de cintas multicolores y de bordados florales que se extienden como una larga cabellera. Durante la época colonial, la champa era fabricada con la piel disecada de una persona o de un animal. Bajo la fachada de un ritual católico, los indígenas preservaron así sus costumbres con este baile. Como parte de un antiguo ritual, la champa facilitaba el proceso de mimetismo, es decir, la comunicación con los muertos, para así alcanzar estados alucinógenos o de trance durante el baile. Dicho ritual ahuyentaba a los malos espíritus y hacían que los Apus los protegieran de las sequías. Esto explicaría las actuales creencias de los Quipanenses: la mayoría tiene la superstición de que, de no practicar este baile, acaecerían muchas desgracias en el pueblo.
En la época colonial, la comunidad de Quipán se opuso ferozmente al dominio español. El general José de San Martín visitó Quipán durante su campaña de liberación, en Mayo de 1821. Se dice que los Quipanenses le dieron la bienvenida y le hicieron una demostración de la “danza de los Abuelitos.” Poco después San Martín tuvo una reunión con el último virrey, José de la Serna, para finalmente proclamar la Independencia del Perú.
DIEZ DATOS QUE DEBEMOS CONOCER
Este gran señorío ocupó la parte baja y media del valle del Chillón, extendiéndose desde el mar hasta Chuquicoto, lugar próximo a Santa Rosa de Quives, perteneciente a la provincia de Canta. Al respecto, Rostworowski (2004) afirma: “En el Chillón el señorío Colli se extendía desde el mar a lo largo del valle, hacia la sierra, incluyendo el curacazgo de Quivi, y estaba compuesto por varios pequeños señoríos” (p. 28) . Durante su asentamiento en el valle del Chillón constantemente se enfrentaban a los Cantas por el control del Chaupiyunga, tierras productoras de coca; Sin embargo, en épocas de tranquilidad intercambiaban productos. Por otra parte, se sabe que el señor de los Colli, ofrecía constante y férrea resistencia ante las provocaciones de los Cantas y Chacllas; sin embargo, con la llegada de Túpac Yupanqui fueron sometidos. Posteriormente, durante los inicios del Virreynato un grupo reducido de Collis aún sobrevivieron, pero a fines del siglo XVI desaparecieron totalmente (Rostworwski, 2004).
En Canta, Pedro Villar Córdova y Teodoro Casana investigaron tempranamente los asentamientos prehispánicos en los Atavillos. A estas investigaciones se sumó María Rostworowski con su trabajo sobre los señoríos indígenas y los campos de coca y Jorge Silva con su trabajo sobre el curacazgo de Quivi.
1. Introducción La invasión española de los andes centrales produjo la destrucción de las instituciones estatales incas; las tradiciones y religiones andinas fueron desplazadas por el culto cristiano en su variante católica. Los cultos religiosos nativos no fueron considerados por los sacerdotes católicos como tales sino que fueron demonizados y vistos como simples idolatrías, meros engaños del demonio. Durante la dominación colonial los españoles, mediante un temprano proceso de evangelización, trataron de destruir la cosmovisión andina y reemplazarla por la tradición occidental y la fe católica. Este proceso fue llevado adelante por los curas doctrineros quienes intentaron “extirpar” las creencias andinas, sin embargo no pudieron conseguirlo totalmente y la tradición y religión andina resistieron la política colonial resignificando la tradición occidental, produciéndose un sincretismo cultural entre los elementos andinos y occidentales. La invasión de los Andes comprendió además un proceso de adaptación del indígena a las nuevas condiciones políticas, económicas, sociales y culturales que les fueron impuestas por el orden colonial. La prédica de los curas doctrineros supuso no sólo la presencia implacable de la doctrina y moral cristianas en su variante católica, sino también reflejó el predominio de un grupo social cuyas creencias, rituales, costumbres, fueron exclusivos y excluyentes de las prácticas andinas. Los cultos andinos a los que los españoles denominaban idolatrías fueron perseguidos ya que perturbaban la nueva realidad; una expresión de estas prácticas son los procesos de extirpación de idolatrías llevados a cabo en el Perú y específicamente en Canta. Dentro de este contexto nos interesa conocer la importancia y significado que tuvieron tanto de la hoja de coca como la chicha en el mundo andino colonial, registrar su funcionalidad en las actividades cotidianas y en los rituales andinos, a través del análisis de los datos proporcionados por las crónicas coloniales y los documentos de archivo especialmente los de extirpación de idolatrías durante los siglos XVI a XIX. La producción y el consumo de coca y de chicha que en la época prehispánica tuvo una importancia ritual fueron trastocadas en la sociedad colonial, se secularizó su consumo adaptándolo a las necesidades de la administración colonial. Además, su consumo se convirtió en un signo de marginación de la población nativa, ya que los españoles importaron animales y cultivos del viejo mundo y preferentemente no consumieron productos nativos. A pesar de la persecución de la iglesia a través de los curas doctrineros, el consumo ritual de la coca y de la chicha, se mantuvo entre la población indígena, adaptándose a las nuevas condiciones sociales y expresando una forma de resistencia pasiva a la dominación colonial.
La Ley general de comunidades campesinas, o Ley n°. 24656, es una normativa peruana publicada el 14 de abril de 1987 que declara de necesidad nacional e interés social y cultural el desarrollo integral de las comunidades campesinas del país.
Definición:
Las comunidades campesinas son organizaciones de interés público, con existencia legal y personería jurídica, integradas por familias que habitan y controlan determinados territorios, ligadas por vínculos ancestrales, sociales, económicos y culturales, expresados en la propiedad comunal de la tierra, el trabajo comunal, la ayuda mutua, el gobierno democrático y el desarrollo de actividades multisectoriales, cuyos fines se orientan a la realización plena de sus miembros y del país.
Estructura del contenido:
La ley consta de 10 títulos, 44 artículos y 5 disposiciones finales. Los títulos son los siguientes:
Título I - Disposiciones generales
Título II - Funciones
Título III - De los comuneros
Título IV - Del territorio comunal
Título V - Régimen administrativo
Título VI - Del trabajo comunal
Título VII - Régimen económico
Título VIII - Régimen promocional
Título IX - Del Instituto Nacional de Desarrollo de las Comunidades Campesinas —INDEC— y el Fondo Nacional de Desarrollo Comunal —FONDEC
Título X - Disposiciones finales y transitorias
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