Publicado
en el Boletín N° 10 del CRQ
sábado, 29 de octubre de 2022
Poesía a Quipán
sábado, 1 de octubre de 2022
"La huamantanguina"
Terminaba la secundaria en Lima y debía viajar a Quipán, Era viernes 26 de junio, día en que se iniciaban las celebraciones en honor al patrón San Pedro. Mis abuelos tenían una tienda en la plaza, la cual, por su ubicación era el punto de arribo y partida de todos los vehículos que circulaban por la ruta. Por la necesidad de mercaderías para la venta existía una dependencia mutua con aquellos que hacían el servicio desde la capital. Así fue como casi diariamente era común frente al mostrador tener la presencia del conductor de turno junto a su ayudante y al controlador designado.
Mi premura por llegar se debía a que debía ayudar en la tienda, pues la fiesta patronal atraía a mucha gente y mi abuelo se encontraba solo. Aquel día salí temprano del colegio, me cambié, preparé la mochila y me dirigí al Tambo Huamantanga, donde estaba programada, para las cinco de la tarde, la salida del ómnibus comunal que en Quipán llamábamos “La Huamantanguina”. Dos horas después, debido a un problema técnico, el vehículo por fin apareció. Subí y me acomodé; éramos solo dos pasajeros, así que fue fácil escoger el asiento más cómodo. Minutos después, el conductor puso la primera marcha y el viaje comenzó.
En un paradero, en Comas, esperaba un grupo numeroso de personas que muy entusiastas abordaron y llenaron el ómnibus. Junto a su equipaje de mano subieron cajas de cerveza, licores variados, un equipo musical a batería, entre otros. Mi comodidad se vio afectada cuando uno de los viajantes ocupó el asiento que estaba libre a mi costado iniciando una amena conversación donde me comentaba que viajaban a la boda de su sobrino llevando todo lo necesario para tan magno acontecimiento. Así pasamos el km 22, las luces del interior se apagaron y fuimos dejando atrás el resplandor y el bullicio de la ciudad. En ese breve silencio se comenzó a escuchar algunos murmullos, bromas y risas, hasta que uno de los pasajeros a voz alzada reclamó: “Y el trago?”. La respuesta fue inmediata, se abrieron unas botellas y empezó la jarana que fue acompañada por la música que desde un reproductor de caset se escuchaba. Yo, miraba las sombras que se reflejaban fuera del vidrio de la ventana e intentaba forzar el sueño, pero el festivo y bullicioso ambiente parrandero lo impedía. Me encontraba en esa situación cuando de pronto la botella de vino y el vaso que circulaba llegaron a mis manos. Hice el brindis y el respectivo “salud…” pasando y dando curso al trago en repetidas oportunidades. Conforme avanzábamos sentía los efectos embriagadores que me hacían parte de la jarana, además atenuaban el frio y los baches de la carretera.
En medio de ese ambiente festivo continuó el viaje, “La huamantanguina” se convirtió en un bar rodante con luces encendidas, donde la música a elevado volumen se combinaba con las risas y el tarareo de las canciones. Así pasamos Yangas, Quives y Yaso, llegando unos cuantos “sobrevivientes” a San José. Poco a poco las voces se fueron silenciando y el sonido que producía el vaso y la botella de vino se hizo cada vez más espaciado hasta apagarse. Cuando llegamos al “Balcón” ya todo era silencio y tranquilidad.
Luego de dejar unas cuantas velas continuamos con el viaje, pasamos Huarimayo, subimos las revueltas y llegamos a Huamantanga. Una breve parada y enrumbamos a Quipán a donde arribamos casi a la una de la mañana.
En la plaza, con el frio de la madrugada, entre estiramientos y bostezos, uno a uno descendimos del ómnibus. Yo, con mi mochila al hombro tomé el camino a casa, bien abrigado y protegido por el vino compartido en el trayecto. Y, en medio de ese celaje nocturno, “La huamantanguina” se alejaba acompañada, ahora, solo por el sonido de su motor y las luces de sus faros.
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Augusto Ismael Zavala Osorio
Publicado en: PICHUCHANKA - Boletín informativo de la A.C. Huamantanga
viernes, 2 de septiembre de 2022
CARLOMAGNO EN LOS ANDES. PALIMPSESTO Y EVANGELIZACIÓN EN LA FIESTA DE MOROS Y CRISTIANOS DE CANTA
martes, 30 de agosto de 2022
La fiesta de los moros y cristianos en el Perú
"Evocando una sociedad rural y un entorno agreste de extraordinaria dureza y hermosura, Milena Cáceres comparte con el lector las experiencias vividas mientras descubría la supervivencia, en localidades andinas del departamento de Lima, de los esquemas pertenecientes a la fiesta de moros y cristianos, plasmados en danzas y parlamentos que guardan relación con obras dramáticas españolas del siglo XVII. También se personaliza el proceso de especialización mediante el que la autora tomó conciencia del desarrollo de las fiestas de moros y cristianos celebradas en España, de su conexión con la comedia y de la adaptación de esta tradición áulica a la nueva realidad americana, donde el moro suele ser reemplazado por el indígena. Todo ello le permite poner un sello muy personal a la exposición del proceso, ya de por sí fascinante, que dio lugar al desarrollo de la fiesta en América del Sur y, particularmente, en el Perú."
Descarga PDF:
https://repositorio.pucp.edu.pe/index/bitstream/handle/123456789/173293/Libro.pdf?sequence=1
sábado, 27 de agosto de 2022
La dama de blanco
La dama de blanco
La tarde finalizaba y la noche comenzaba a extender su manto oscuro sobre el el camino de retorno a la villa. Tras los festejos por el cumpleaños de un compadre radicado en el pueblo de Marco, don Florencio con poncho y sombrero apuraba el paso montado sobre su caballo. Todo parecía normal y en ese trayecto solo se escuchaba el galope y la melodía suave de su silbido como compañía.
Después de un buen trecho recorrido, al aproximarse a la quebrada de Quipailla, divisó a una extraña y agraciada joven vestida completamente de blanco. Estaba sentada sobre una piedra, junto a la poza de agua que brillaba débilmente bajo la luz nocturna. Al acercarse, Florencio intentó hablarle, pero se detuvo al notar que su rostro reflejaba una profunda tristeza y que, al parecer, lloraba en silencio. Conmovido, pensó que quizá se encontraba perdida o había sufrido algún percance, por lo que con tono amable le ofreció acompañarlo al pueblo para que pudiera abrigarse y reponerse.
Con mucha delicadeza la tomó del brazo y, con extremo cuidado, la ayudó a subir al caballo, que relinchaba inquieto, como advirtiendo que algo extraño ocurría. A pesar de ello, logró hacerla montar y reanudó el camino de regreso. Iba delante, sujetando la soga con una mano y el cigarrillo con la otra, mientras silbaba de vez en cuando alguna tonada melancólica que se perdía entre los cerros. En más de una ocasión volteó a mirar a la joven, notando en su rostro un resplandor tenue, una palidez casi luminosa. No le dio importancia, pensando que era solo el reflejo de la luna, que esa noche parecía más brillante que nunca.
Así fue avanzando. Pasó por Otacocha y, al estar cerca de la entrada del pueblo, desde donde ya podía distinguir la silueta de la Cruz de Soncococha, el caballo se detuvo bruscamente, negándose a avanzar pese a los insistentes arreos de don Florencio. La joven, más pálida que nunca, parecía desvanecerse ante sus ojos. Alarmado, decidió bajarla y cargarla en sus brazos para llevarla hasta la cruz, donde pensaba dejarla en la peaña y correr por ayuda. Sin embargo, conforme se acercaba al verde madero, la dama comenzó a resistirse, moviéndose con desesperación. En cada paso su cuerpo se volvía más liviano, y cuando estuvo a punto de llegar, un escalofrío le recorrió el alma: los pies y las manos de la joven se habían transformado en huesos desnudos, blanquecinos, que crujían bajo la luz de la luna.
Asustado, soltó la carga y echó a correr con desesperación al pueblo, con el corazón desbocado y la voz quebrada implorando auxilio. Para su fortuna, a pesar de la hora, tres pobladores llenaban agua en la fuente de La Pila y alcanzaron a oír sus gritos. Salieron a su encuentro y, entre jadeos y confusión, lo acompañaron de regreso al lugar. Sin embargo, al llegar, solo hallaron el vestido blanco, arrugado y casi deshecho, moviéndose suavemente con el viento, como si aún guardara el último suspiro de aquella aparición.
Algo temerosos juntaron los restos de la blanca tela que quedaba y lo pusieron bajo la cruz, mientras se persignaban y rezaban pudieron observar que se desintegraban siendo esparcidos hasta desaparecer con facilidad por una extraña e inusual brisa. Sorprendidos recogieron al caballo e iniciaron el camino de retorno al pueblo; de la dama de blanco ya nada existía.
Algo temerosos, juntaron los restos de la blanca tela y los colocaron bajo la cruz. Mientras se persignaban y murmuraban oraciones, vieron cómo lentamente aquellos jirones se deshacían, desintegrándose al contacto con una extraña brisa que, en un suspiro, los esparció hasta hacerlos desaparecer.
Atónitos, recogieron al caballo y emprendieron el camino de regreso al pueblo. De la dama de blanco… ya nada existía.
“Junto al fogón”. Relatos de vida y del alma
sábado, 20 de agosto de 2022
HUAMANTANGA
Este pueblo, cuna del ilustre cosmógrafo mayor del Perú, doctor de José Gabriel Moreno, se halla situado en la cima de un cerro de empinadís...
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Era una mañana soleada en la villa. En la plaza, junto a nosotros, algunos viajeros aguardaban el ómnibus que venía desde Marco y que nos...
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Tradicional danza de la Villa de la Quipán que se baila durante las celebraciones de la navidad al amanecer del 25 de diciembre y en la fes...


