viernes, 2 de septiembre de 2022
CARLOMAGNO EN LOS ANDES. PALIMPSESTO Y EVANGELIZACIÓN EN LA FIESTA DE MOROS Y CRISTIANOS DE CANTA
martes, 30 de agosto de 2022
La fiesta de los moros y cristianos en el Perú
"Evocando una sociedad rural y un entorno agreste de extraordinaria dureza y hermosura, Milena Cáceres comparte con el lector las experiencias vividas mientras descubría la supervivencia, en localidades andinas del departamento de Lima, de los esquemas pertenecientes a la fiesta de moros y cristianos, plasmados en danzas y parlamentos que guardan relación con obras dramáticas españolas del siglo XVII. También se personaliza el proceso de especialización mediante el que la autora tomó conciencia del desarrollo de las fiestas de moros y cristianos celebradas en España, de su conexión con la comedia y de la adaptación de esta tradición áulica a la nueva realidad americana, donde el moro suele ser reemplazado por el indígena. Todo ello le permite poner un sello muy personal a la exposición del proceso, ya de por sí fascinante, que dio lugar al desarrollo de la fiesta en América del Sur y, particularmente, en el Perú."
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https://repositorio.pucp.edu.pe/index/bitstream/handle/123456789/173293/Libro.pdf?sequence=1
sábado, 27 de agosto de 2022
La dama de blanco
La dama de blanco
La tarde finalizaba y la noche comenzaba a extender su manto oscuro sobre el el camino de retorno a la villa. Tras los festejos por el cumpleaños de un compadre radicado en el pueblo de Marco, don Florencio con poncho y sombrero apuraba el paso montado sobre su caballo. Todo parecía normal y en ese trayecto solo se escuchaba el galope y la melodía suave de su silbido como compañía.
Después de un buen trecho recorrido, al aproximarse a la quebrada de Quipailla, divisó a una extraña y agraciada joven vestida completamente de blanco. Estaba sentada sobre una piedra, junto a la poza de agua que brillaba débilmente bajo la luz nocturna. Al acercarse, Florencio intentó hablarle, pero se detuvo al notar que su rostro reflejaba una profunda tristeza y que, al parecer, lloraba en silencio. Conmovido, pensó que quizá se encontraba perdida o había sufrido algún percance, por lo que con tono amable le ofreció acompañarlo al pueblo para que pudiera abrigarse y reponerse.
Con mucha delicadeza la tomó del brazo y, con extremo cuidado, la ayudó a subir al caballo, que relinchaba inquieto, como advirtiendo que algo extraño ocurría. A pesar de ello, logró hacerla montar y reanudó el camino de regreso. Iba delante, sujetando la soga con una mano y el cigarrillo con la otra, mientras silbaba de vez en cuando alguna tonada melancólica que se perdía entre los cerros. En más de una ocasión volteó a mirar a la joven, notando en su rostro un resplandor tenue, una palidez casi luminosa. No le dio importancia, pensando que era solo el reflejo de la luna, que esa noche parecía más brillante que nunca.
Así fue avanzando. Pasó por Otacocha y, al estar cerca de la entrada del pueblo, desde donde ya podía distinguir la silueta de la Cruz de Soncococha, el caballo se detuvo bruscamente, negándose a avanzar pese a los insistentes arreos de don Florencio. La joven, más pálida que nunca, parecía desvanecerse ante sus ojos. Alarmado, decidió bajarla y cargarla en sus brazos para llevarla hasta la cruz, donde pensaba dejarla en la peaña y correr por ayuda. Sin embargo, conforme se acercaba al verde madero, la dama comenzó a resistirse, moviéndose con desesperación. En cada paso su cuerpo se volvía más liviano, y cuando estuvo a punto de llegar, un escalofrío le recorrió el alma: los pies y las manos de la joven se habían transformado en huesos desnudos, blanquecinos, que crujían bajo la luz de la luna.
Asustado, soltó la carga y echó a correr con desesperación al pueblo, con el corazón desbocado y la voz quebrada implorando auxilio. Para su fortuna, a pesar de la hora, tres pobladores llenaban agua en la fuente de La Pila y alcanzaron a oír sus gritos. Salieron a su encuentro y, entre jadeos y confusión, lo acompañaron de regreso al lugar. Sin embargo, al llegar, solo hallaron el vestido blanco, arrugado y casi deshecho, moviéndose suavemente con el viento, como si aún guardara el último suspiro de aquella aparición.
Algo temerosos juntaron los restos de la blanca tela que quedaba y lo pusieron bajo la cruz, mientras se persignaban y rezaban pudieron observar que se desintegraban siendo esparcidos hasta desaparecer con facilidad por una extraña e inusual brisa. Sorprendidos recogieron al caballo e iniciaron el camino de retorno al pueblo; de la dama de blanco ya nada existía.
Algo temerosos, juntaron los restos de la blanca tela y los colocaron bajo la cruz. Mientras se persignaban y murmuraban oraciones, vieron cómo lentamente aquellos jirones se deshacían, desintegrándose al contacto con una extraña brisa que, en un suspiro, los esparció hasta hacerlos desaparecer.
Atónitos, recogieron al caballo y emprendieron el camino de regreso al pueblo. De la dama de blanco… ya nada existía.
“Junto al fogón”. Relatos de vida y del alma
sábado, 20 de agosto de 2022
miércoles, 27 de julio de 2022
Una ofrenda a Shipita
El
café servido, las papas sancochadas y junto a la canchita el queso fresco sobre
la mesa del restaurant de tía Mariana; el premio mayor a las cuatro horas
de viaje que desde Lima me traía a Quipán, el motivo una vez más era “El Rodeo
comunal”; aquella "ceremonia ritual" donde se realiza la herranza del ganado de
la Virgen del Carmen, bajo los sones del arpa y violín que acompañan el cantar
de los sentidos versos que evidencian las vivencias y padecimientos del vaquero
en el campo. Una de las más bellas
expresiones de la tradición quipaneña.
La noche se asentaba y en breve se
iniciaría el Despacho, la cámara de video junto al reflector estaban listos
para grabar y las ansias por formar parte de esa fiesta iba en aumento. En esa
espera llegó el primo Felucho, quien luego de informarme de lo acontecido en la
villa durante mi ausencia preguntó si ya estaba listo para el día siguiente ir
a La Corona. Mi respuesta fue afirmativa, pero una preocupación se hizo
evidente. Por alguna inexplicable razón, en las oportunidades anteriores había
tenido dificultades en el retorno, en la subida a Shipita, junto a la comitiva que traía la cruz lomera y al ganado. Escalofríos y un decaimiento total,
de pronto abrumaron mi desplazamiento llegando con las justas y a punto de
desfallecer. Para él, todo estaba claro:
-Primito, eso es por el “Abuelo”, seguro que las otras veces no le has pedido
permiso para pasar, tienes que hacerle el pago para que te “suelte” del
“agarre”.
-¿Cómo hago, primo?, respondí, - Ayúdame, no quiero quedarme a mitad de camino,
las veces anteriores la pasé fatal.
-Mañana voy a estar por ahí cerca llevando mi ternero, agregó, -tienes que
llevarle un presente que debes conseguir con mucha voluntad y respeto.
Efectivamente,
en alguna oportunidad anterior, me había acercado con la cámara de fotos al pueblo viejo de Shipita para admirar sus restos y significado histórico y
no había pedido permiso a ninguna autoridad, menos al “Abuelo”.
Conforme
lo indicado conseguí el anisado, los cigarrillos sin filtro, las hojas de coca y unos
cuantos caramelos de limón. Ya se escuchaba en la casa comunal el bullicio y el
inconfundible sonar de las cuerdas del arpa y violín anunciando el Despacho que
despedía a la Comisión que iría a traer la Cruz de Culquichupa.
Al
siguiente día, muy temprano, en Cruz Grande nos encontramos con Felucho y
descendimos conversando animadamente por el camino hasta llegar a Shipita. Caminamos
entre piedras milenarias y matorrales por el pueblo viejo y ubicamos desde un
mirador dos grandes rocas unidas entre sí donde en su interior se podían apreciar
lo que parecía algunos restos óseos. Siguiendo sus indicaciones, como parte del pago, fui dejando cada una de las cosas que llevé suplicando al “Abuelo”,
con mucha voluntad, que me “suelte” y me permita pasar. Desde ese lugar, con un
sol esplendoroso pudimos apreciar la inmensidad del paisaje e imaginar las
vivencias de los antiguos pobladores, más aún cuestionábamos el abandono en el que se encuentra. Una botella de gaseosa, Inka Kola para ser exacto, un par de
vasos compartidos para refrescarnos; otro vaso para el “Abuelo” y junto al cigarrillo
encendido, su coca y sus caramelos para que se quede contento y acepte la
ofrenda. Así dejamos atrás aquel lítico lugar; el primo a sus quehaceres y yo
al encuentro de la comitiva que subía desde La Corona.
Bajo un cielo extremadamente azul,
la brisa y el pasto seco con flores amarillas seguí descendiendo por el camino.
Conforme avanzaba, ya podía escuchar, a lo lejos en el ruido del viento, los sones
del arpa y violín junto al mugido del ganado y las voces que melodiosamente
entonaban:
“Vaquerita
donde estás que mis ojos no te ven,
será
la poca visión o será de tanto llorar.
Te
alejaste tú de mi despreciando mi querer
por eso mi corazón destrozado se hallará…”.
Y, al fin el encuentro, con la
cámara de video encendida me sumé a la comitiva en indescriptible sensación de
alegría y satisfacción por sentirme parte de la fiesta. Cantando y a paso de baile llegamos a Cangrareuco,
un breve descanso e iniciamos la subida a Shipita donde esperaban las
autoridades para la recepción y la acogedora pascana con el almuerzo. El temor a
que se repita lo de las otras veces, por ratos me abrumaba, pero seguía firme,
para mi sorpresa, sin el más mínimo rezago de malestar o cansancio, paso a paso
hasta zafar la cuesta y llegar.
Bajo el viejo eucalipto, junto a la
cruz lomera y toda la comitiva saboreamos el almuerzo, unos vasos de cerveza,
el baile con la vaquera y luego emprender la empinada subida a Cruz Grande, a
donde llegué, una vez más, sin ninguna dificultad. Junto al atardecer, el
canto, la alegría, y el brindis continuaba:
“…La
chichita es una bebida, la cervecita mucho mejor,
cuando
se sube a la cabeza, hay mamacita te hace decir…”
Así regresé al pueblo sin una señal de cansancio dispuesto a seguir los festejos en la velación. Ya entrada la noche, de vuelta al restaurant, mientras soboreaba un caldo caliente, el primo Felucho preguntó cómo me había ido. Le respondí, agradecido, que todo estuvo bien; sobre todo, tenía la certeza de que el “Abuelo” aceptó mi ofrenda y me había permitido pasar. Entonces sonrió y me repitió las palabras que guardo cada vez que regreso a Quipán: “Recuerda primito, siempre hay que agradecer al Abuelo; él es bondadoso si le pides con voluntad, él escucha y cuida a quien es bueno.”
Augusto Ismael Zavala Osorio
lunes, 25 de julio de 2022
Canto ceremonial en las herranzas de los Andes peruanos. Canciones de los ritos en torno a la identificación del ganado en la sierra de Lima.
HUAMANTANGA
Este pueblo, cuna del ilustre cosmógrafo mayor del Perú, doctor de José Gabriel Moreno, se halla situado en la cima de un cerro de empinadís...
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Era una mañana soleada en la villa. En la plaza, junto a nosotros, algunos viajeros aguardaban el ómnibus que venía desde Marco y que nos...
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Tradicional danza de la Villa de la Quipán que se baila durante las celebraciones de la navidad al amanecer del 25 de diciembre y en la fes...


