martes, 30 de agosto de 2022

La fiesta de los moros y cristianos en el Perú

"Evocando una sociedad rural y un entorno agreste de extraordinaria dureza y hermosura, Milena Cáceres comparte con el lector las experiencias vividas mientras descubría la supervivencia, en localidades andinas del departamento de Lima, de los esquemas pertenecientes a la fiesta de moros y cristianos, plasmados en danzas y parlamentos que guardan relación con obras dramáticas españolas del siglo XVII. También se personaliza el proceso de especialización mediante el que la autora tomó conciencia del desarrollo de las fiestas de moros y cristianos celebradas en España, de su conexión con la comedia y de la adaptación de esta tradición áulica a la nueva realidad americana, donde el moro suele ser reemplazado por el indígena. Todo ello le permite poner un sello muy personal a la exposición del proceso, ya de por sí fascinante, que dio lugar al desarrollo de la fiesta en América del Sur y, particularmente, en el Perú."

Descarga PDF: 

https://repositorio.pucp.edu.pe/index/bitstream/handle/123456789/173293/Libro.pdf?sequence=1




sábado, 27 de agosto de 2022

La dama de blanco

 La dama de blanco

    La tarde finalizaba y la noche comenzaba a extender su manto oscuro sobre el el camino de retorno a la villa. Tras los festejos por el cumpleaños de un compadre radicado en el pueblo de Marco, don Florencio con poncho y sombrero apuraba el paso montado sobre su caballo. Todo parecía normal y en ese trayecto solo se escuchaba el galope y la melodía suave de su silbido como compañía.

    Después de un buen trecho recorrido, al aproximarse a la quebrada de Quipailla, divisó a una extraña y agraciada joven vestida completamente de blanco. Estaba sentada sobre una piedra, junto a la poza de agua que brillaba débilmente bajo la luz nocturna. Al acercarse, Florencio intentó hablarle, pero se detuvo al notar que su rostro reflejaba una profunda tristeza y que, al parecer, lloraba en silencio. Conmovido, pensó que quizá se encontraba perdida o había sufrido algún percance, por lo que con tono amable le ofreció acompañarlo al pueblo para que pudiera abrigarse y reponerse.

    Con mucha delicadeza la tomó del brazo y, con extremo cuidado, la ayudó a subir al caballo, que relinchaba inquieto, como advirtiendo que algo extraño ocurría. A pesar de ello, logró hacerla montar y reanudó el camino de regreso. Iba delante, sujetando la soga con una mano y el cigarrillo con la otra, mientras silbaba de vez en cuando alguna tonada melancólica que se perdía entre los cerros. En más de una ocasión volteó a mirar a la joven, notando en su rostro un resplandor tenue, una palidez casi luminosa. No le dio importancia, pensando que era solo el reflejo de la luna, que esa noche parecía más brillante que nunca.

    Así fue avanzando. Pasó por Otacocha y, al estar cerca de la entrada del pueblo, desde donde ya podía distinguir la silueta de la Cruz de Soncococha, el caballo se detuvo bruscamente, negándose a avanzar pese a los insistentes arreos de don Florencio. La joven, más pálida que nunca, parecía desvanecerse ante sus ojos. Alarmado, decidió bajarla y cargarla en sus brazos para llevarla hasta la cruz, donde pensaba dejarla en la peaña y correr por ayuda. Sin embargo, conforme se acercaba al verde madero, la dama comenzó a resistirse, moviéndose con desesperación. En cada paso su cuerpo se volvía más liviano, y cuando estuvo a punto de llegar, un escalofrío le recorrió el alma: los pies y las manos de la joven se habían transformado en huesos desnudos, blanquecinos, que crujían bajo la luz de la luna.

    Asustado, soltó la carga y echó a correr con desesperación al pueblo, con el corazón desbocado y la voz quebrada implorando auxilio. Para su fortuna, a pesar de la hora, tres pobladores llenaban agua en la fuente de La Pila y alcanzaron a oír sus gritos. Salieron a su encuentro y, entre jadeos y confusión, lo acompañaron de regreso al lugar. Sin embargo, al llegar, solo hallaron el vestido blanco, arrugado y casi deshecho, moviéndose suavemente con el viento, como si aún guardara el último suspiro de aquella aparición.

Algo temerosos juntaron los restos de la blanca tela que quedaba y lo pusieron bajo la cruz, mientras se persignaban y rezaban pudieron observar que se desintegraban siendo esparcidos hasta desaparecer con facilidad por una extraña e inusual brisa. Sorprendidos recogieron al caballo e iniciaron el camino de retorno al pueblo; de la dama de blanco ya nada existía.

    Algo temerosos, juntaron los restos de la blanca tela y los colocaron bajo la cruz. Mientras se persignaban y murmuraban oraciones, vieron cómo lentamente aquellos jirones se deshacían, desintegrándose al contacto con una extraña brisa que, en un suspiro, los esparció hasta hacerlos desaparecer. 

    Atónitos, recogieron al caballo y emprendieron el camino de regreso al pueblo. De la dama de blanco… ya nada existía.                              


  “Junto al fogón”. Relatos de vida y del alma


miércoles, 27 de julio de 2022

Una ofrenda a Shipita

    El café servido, las papas sancochadas y junto a la canchita el queso fresco sobre la mesa del restaurant de tía Mariana; el premio mayor a las cuatro horas de viaje que desde Lima me traía a Quipán, el motivo una vez más era “El Rodeo comunal”; aquella "ceremonia ritual" donde se realiza la herranza del ganado de la Virgen del Carmen, bajo los sones del arpa y violín que acompañan el cantar de los sentidos versos que evidencian las vivencias y padecimientos del vaquero en el campo.  Una de las más bellas expresiones de la tradición quipaneña.

     La noche se asentaba y en breve se iniciaría el Despacho, la cámara de video junto al reflector estaban listos para grabar y las ansias por formar parte de esa fiesta iba en aumento. En esa espera llegó el primo Felucho, quien luego de informarme de lo acontecido en la villa durante mi ausencia preguntó si ya estaba listo para el día siguiente ir a La Corona. Mi respuesta fue afirmativa, pero una preocupación se hizo evidente. Por alguna inexplicable razón, en las oportunidades anteriores había tenido dificultades en el retorno, en la subida a Shipita, junto a la comitiva que traía la cruz lomera y al ganado. Escalofríos y un decaimiento total, de pronto abrumaron mi desplazamiento llegando con las justas y a punto de desfallecer. Para él, todo estaba claro:

-Primito, eso es por el “Abuelo”, seguro que las otras veces no le has pedido permiso para pasar, tienes que hacerle el pago para que te “suelte” del “agarre”.

-¿Cómo hago, primo?, respondí, - Ayúdame, no quiero quedarme a mitad de camino, las veces anteriores la pasé fatal.

-Mañana voy a estar por ahí cerca llevando mi ternero, agregó, -tienes que llevarle un presente que debes conseguir con mucha voluntad y respeto.

    Efectivamente, en alguna oportunidad anterior, me había acercado con la cámara de fotos al pueblo viejo de Shipita para admirar sus restos y significado histórico y no había pedido permiso a ninguna autoridad, menos al “Abuelo”. 

    Conforme lo indicado conseguí el anisado, los cigarrillos sin filtro, las hojas de coca y unos cuantos caramelos de limón. Ya se escuchaba en la casa comunal el bullicio y el inconfundible sonar de las cuerdas del arpa y violín anunciando el Despacho que despedía a la Comisión que iría a traer la Cruz de Culquichupa.

    Al siguiente día, muy temprano, en Cruz Grande nos encontramos con Felucho y descendimos conversando animadamente por el camino hasta llegar a Shipita. Caminamos entre piedras milenarias y matorrales por el pueblo viejo y ubicamos desde un mirador dos grandes rocas unidas entre sí donde en su interior se podían apreciar lo que parecía algunos restos óseos. Siguiendo sus indicaciones, como parte del pago, fui dejando cada una de las cosas que llevé suplicando al “Abuelo”, con mucha voluntad, que me “suelte” y me permita pasar. Desde ese lugar, con un sol esplendoroso pudimos apreciar la inmensidad del paisaje e imaginar las vivencias de los antiguos pobladores, más aún cuestionábamos el abandono en el que se encuentra. Una botella de gaseosa, Inka Kola para ser exacto, un par de vasos compartidos para refrescarnos; otro vaso para el “Abuelo” y junto al cigarrillo encendido, su coca y sus caramelos para que se quede contento y acepte la ofrenda. Así dejamos atrás aquel lítico lugar; el primo a sus quehaceres y yo al encuentro de la comitiva que subía desde La Corona.

    Bajo un cielo extremadamente azul, la brisa y el pasto seco con flores amarillas seguí descendiendo por el camino. Conforme avanzaba, ya podía escuchar, a lo lejos en el ruido del viento, los sones del arpa y violín junto al mugido del ganado y las voces que melodiosamente entonaban:

“Vaquerita donde estás que mis ojos no te ven,

será la poca visión o será de tanto llorar.

Te alejaste tú de mi despreciando mi querer

por eso mi corazón destrozado se hallará…”.

     Y, al fin el encuentro, con la cámara de video encendida me sumé a la comitiva en indescriptible sensación de alegría y satisfacción por sentirme parte de la fiesta. Cantando y a paso de baile llegamos a Cangrareuco, un breve descanso e iniciamos la subida a Shipita donde esperaban las autoridades para la recepción y la acogedora pascana con el almuerzo. El temor a que se repita lo de las otras veces, por ratos me abrumaba, pero seguía firme, para mi sorpresa, sin el más mínimo rezago de malestar o cansancio, paso a paso hasta zafar la cuesta y llegar.

    Bajo el viejo eucalipto, junto a la cruz lomera y toda la comitiva saboreamos el almuerzo, unos vasos de cerveza, el baile con la vaquera y luego emprender la empinada subida a Cruz Grande, a donde llegué, una vez más, sin ninguna dificultad. Junto al atardecer, el canto, la alegría, y el brindis continuaba:

“…La chichita es una bebida, la cervecita mucho mejor,

cuando se sube a la cabeza, hay mamacita te hace decir…”

     Así regresé al pueblo sin una señal de cansancio dispuesto a seguir los festejos en la velación. Ya entrada la noche, de vuelta al restaurant, mientras soboreaba un caldo caliente, el primo Felucho preguntó cómo me había ido. Le respondí, agradecido, que todo estuvo bien; sobre todo, tenía la certeza de que el “Abuelo” aceptó mi ofrenda y me había permitido pasar. Entonces sonrió y me repitió las palabras que guardo cada vez que regreso a Quipán: “Recuerda primito, siempre hay que agradecer al Abuelo; él es bondadoso si le pides con voluntad, él escucha y cuida a quien es bueno.”

                                                                                                                            Augusto Ismael Zavala Osorio

HUAMANTANGA

Este pueblo, cuna del ilustre cosmógrafo mayor del Perú, doctor de José Gabriel Moreno, se halla situado en la cima de un cerro de empinadís...