miércoles, 27 de julio de 2022

Una ofrenda a Shipita

    El café servido, las papas sancochadas y junto a la canchita el queso fresco sobre la mesa del restaurant de tía Mariana; el premio mayor a las cuatro horas de viaje que desde Lima me traía a Quipán, el motivo una vez más era “El Rodeo comunal”; aquella "ceremonia ritual" donde se realiza la herranza del ganado de la Virgen del Carmen, bajo los sones del arpa y violín que acompañan el cantar de los sentidos versos que evidencian las vivencias y padecimientos del vaquero en el campo.  Una de las más bellas expresiones de la tradición quipaneña.

     La noche se asentaba y en breve se iniciaría el Despacho, la cámara de video junto al reflector estaban listos para grabar y las ansias por formar parte de esa fiesta iba en aumento. En esa espera llegó el primo Felucho, quien luego de informarme de lo acontecido en la villa durante mi ausencia preguntó si ya estaba listo para el día siguiente ir a La Corona. Mi respuesta fue afirmativa, pero una preocupación se hizo evidente. Por alguna inexplicable razón, en las oportunidades anteriores había tenido dificultades en el retorno, en la subida a Shipita, junto a la comitiva que traía la cruz lomera y al ganado. Escalofríos y un decaimiento total, de pronto abrumaron mi desplazamiento llegando con las justas y a punto de desfallecer. Para él, todo estaba claro:

-Primito, eso es por el “Abuelo”, seguro que las otras veces no le has pedido permiso para pasar, tienes que hacerle el pago para que te “suelte” del “agarre”.

-¿Cómo hago, primo?, respondí, - Ayúdame, no quiero quedarme a mitad de camino, las veces anteriores la pasé fatal.

-Mañana voy a estar por ahí cerca llevando mi ternero, agregó, -tienes que llevarle un presente que debes conseguir con mucha voluntad y respeto.

    Efectivamente, en alguna oportunidad anterior, me había acercado con la cámara de fotos al pueblo viejo de Shipita para admirar sus restos y significado histórico y no había pedido permiso a ninguna autoridad, menos al “Abuelo”. 

    Conforme lo indicado conseguí el anisado, los cigarrillos sin filtro, las hojas de coca y unos cuantos caramelos de limón. Ya se escuchaba en la casa comunal el bullicio y el inconfundible sonar de las cuerdas del arpa y violín anunciando el Despacho que despedía a la Comisión que iría a traer la Cruz de Culquichupa.

    Al siguiente día, muy temprano, en Cruz Grande nos encontramos con Felucho y descendimos conversando animadamente por el camino hasta llegar a Shipita. Caminamos entre piedras milenarias y matorrales por el pueblo viejo y ubicamos desde un mirador dos grandes rocas unidas entre sí donde en su interior se podían apreciar lo que parecía algunos restos óseos. Siguiendo sus indicaciones, como parte del pago, fui dejando cada una de las cosas que llevé suplicando al “Abuelo”, con mucha voluntad, que me “suelte” y me permita pasar. Desde ese lugar, con un sol esplendoroso pudimos apreciar la inmensidad del paisaje e imaginar las vivencias de los antiguos pobladores, más aún cuestionábamos el abandono en el que se encuentra. Una botella de gaseosa, Inka Kola para ser exacto, un par de vasos compartidos para refrescarnos; otro vaso para el “Abuelo” y junto al cigarrillo encendido, su coca y sus caramelos para que se quede contento y acepte la ofrenda. Así dejamos atrás aquel lítico lugar; el primo a sus quehaceres y yo al encuentro de la comitiva que subía desde La Corona.

    Bajo un cielo extremadamente azul, la brisa y el pasto seco con flores amarillas seguí descendiendo por el camino. Conforme avanzaba, ya podía escuchar, a lo lejos en el ruido del viento, los sones del arpa y violín junto al mugido del ganado y las voces que melodiosamente entonaban:

“Vaquerita donde estás que mis ojos no te ven,

será la poca visión o será de tanto llorar.

Te alejaste tú de mi despreciando mi querer

por eso mi corazón destrozado se hallará…”.

     Y, al fin el encuentro, con la cámara de video encendida me sumé a la comitiva en indescriptible sensación de alegría y satisfacción por sentirme parte de la fiesta. Cantando y a paso de baile llegamos a Cangrareuco, un breve descanso e iniciamos la subida a Shipita donde esperaban las autoridades para la recepción y la acogedora pascana con el almuerzo. El temor a que se repita lo de las otras veces, por ratos me abrumaba, pero seguía firme, para mi sorpresa, sin el más mínimo rezago de malestar o cansancio, paso a paso hasta zafar la cuesta y llegar.

    Bajo el viejo eucalipto, junto a la cruz lomera y toda la comitiva saboreamos el almuerzo, unos vasos de cerveza, el baile con la vaquera y luego emprender la empinada subida a Cruz Grande, a donde llegué, una vez más, sin ninguna dificultad. Junto al atardecer, el canto, la alegría, y el brindis continuaba:

“…La chichita es una bebida, la cervecita mucho mejor,

cuando se sube a la cabeza, hay mamacita te hace decir…”

     Así regresé al pueblo sin una señal de cansancio dispuesto a seguir los festejos en la velación. Ya entrada la noche, de vuelta al restaurant, mientras soboreaba un caldo caliente, el primo Felucho preguntó cómo me había ido. Le respondí, agradecido, que todo estuvo bien; sobre todo, tenía la certeza de que el “Abuelo” aceptó mi ofrenda y me había permitido pasar. Entonces sonrió y me repitió las palabras que guardo cada vez que regreso a Quipán: “Recuerda primito, siempre hay que agradecer al Abuelo; él es bondadoso si le pides con voluntad, él escucha y cuida a quien es bueno.”

                                                                                                                            Augusto Ismael Zavala Osorio

viernes, 8 de julio de 2022

¡Agua Mantanga!

Huamantanga recibe a sus visitantes con una cruz, la del Señor de Huamantanga, una aparición de Jesucristo a la que se atribuyen poderes hídricos, según la leyenda. En este pueblo de la sierra de Lima no hay ni una comisaría, el agua abunda y las historias de milagros no son escasas.

Pisar Huamantanga es ya un milagro… Los pocos buses que trepan hacia los 3,500 metros sobre el nivel del mar parecen la evidencia de alguna gracia divina, pues para llegar a este lugar hay que ir por una trocha que asciende en espiral y su estrechez de sentido único hace rezar, sujetarse y suspirar a quienes van del lado de la ventana, a medio metro del abismo.

Incluso Ricardo Palma, en sus famosas Tradiciones Peruanas, calificó este camino de “endiablado”.

Quizá por ese riesgo o porque en Huamantanga sólo hay un teléfono público y casi no llega la señal a los celulares, la plaza y sus alrededores –no más de diez cuadras– lucen desiertas, casi como un pueblo fantasma. 
Dicen que de día casi no hay rastro de existencia humana porque los 500 huamantanguinos están trabajando. Aunque por la noche tampoco se dejan ver mucho. Por lo general, su rutina comienza al alba y es al filo del atardecer, cuando el cielo comienza a estrellarse, que aparecen los primeros comuneros con sus palas, caminando en dirección a esas casitas con tejados rojizos.


lunes, 20 de junio de 2022

El desaparecido

El desaparecido

    Era ya muy tarde cuando las campanas doblaron en la villa. El frío del anochecer se mezclaba con la penumbra del ocaso, mientras los pobladores recibían la triste noticia del fallecimiento de don Jacinto. Aquel hombre solitario no tenía familia; solo una vieja casa en los bajos, cerca del barrio de Uncho.

    Muchos rumores se tejían en torno a aquel hombre. Algunos aseguraban que tenía un pacto con el diablo, pues nunca se le vio asistir a misa y solía andar por las noches, enfundado en botas y ropas oscuras, cubierto por un poncho negro y un extraño sombrero de paño del mismo color. Decían también que jamás se persignaba al pasar frente a las cruces del camino, como si las evitara con desdén. Otros, en cambio, recordaban haberlo visto vagando por las calles que conducen al cementerio, en horas en que nadie más se atrevía a andar.

    Aquella tarde, cuando las campanas comenzaron a replicar, un extraño temor se apoderó de los pobladores. Aun así, venciendo el miedo, algunos se acercaron con cautela a la casa del difunto para ofrecer un breve rezo y encender unas velas, retirándose de inmediato, sin mirar atrás. Con la llegada de la noche, el silencio del pueblo se tornó más denso, y el miedo creció acompañado por el agudo e incesante aullar de los perros, como si también ellos presintieran algo que los hombres no podían ver.

     Al día siguiente, al no haber familiares que se hicieran cargo del difunto, las autoridades dispusieron organizar el entierro. Llegada la tarde, el cortejo fúnebre partió rumbo al cementerio, acompañado por unos cuantos pobladores que acudieron obligados a asistir. A medida que avanzaban, el peso del ataúd parecía aumentar, volviendo penoso el paso de los cargadores. Con denodado esfuerzo lograron subir las gradas y alcanzar el atrio de la iglesia, donde un aire helado, súbito y extraño, recorrió a todos los presentes.         

    Luego de un breve rezo, el cortejo fúnebre retomó su marcha por la empinada calle que conducía a los altos. Una vez más, el ataúd pareció ganar peso, como si una fuerza invisible lo retuviera. Con arduos esfuerzos, los cargadores lograron avanzar hasta la entrada de la alameda que conduce al cementerio. Allí depositaron el féretro para el último descanso. Cuando el cantor se dispuso a entonar el responso, un olor extraño comenzó a impregnar el aire, denso y penetrante, mientras una brisa helada se levantaba formando remolinos que primero fueron leves, pero pronto se tornaron violentos, envolviendo a todos los presentes. El ambiente se volvió insoportable; algunos retrocedieron, otros se persignaron en silencio, y nadie se atrevió a pronunciar palabra.

    Extrañados y aterrados por lo que ocurría, los presentes imploraron protección a la Cruz de Pucará y a todos los santos. Sin embargo, lejos de apaciguarse, la tormenta de viento y ese olor penetrante parecían cobrar más fuerza, como si algo invisible se resistiera a ser enterrado. Presos del pánico, los cargadores soltaron el féretro y echaron a correr despavoridos, dejando al difunto abandonado en medio del camino. 

    Los últimos rayos del sol se extinguían tras los cerros, y nadie se atrevió a regresar. Esa noche, interminable y sombría, estuvo marcada por el lamento de los perros, que aullaron sin descanso como si presintieran que el alma de don Jacinto aún rondaba entre los vivos.        

    Al amanecer del día siguiente, los pobladores, aún con el temor reflejado en los ojos, regresaron al lugar con la intención de culminar lo iniciado y dar cristiana sepultura al cuerpo de don Jacinto. Sin embargo, grande fue la sorpresa al descubrir que el féretro ya no estaba. El ataúd negro de madera, junto con el cuerpo del difunto, había desaparecido sin dejar el menor rastro. No había huellas, ni señales de arrastre, ni indicios de que alguien lo hubiese movido. Solo el silencio y la brisa fría del amanecer parecían dar testimonio de lo ocurrido. Se miraron unos a otros buscando explicación a aquel suceso inexplicable, pero nadie logró pronunciar palabra. 

    Desconcertados, se persignaron ante la cruz, dieron media vuelta y, en medio de un silencio sepulcral, tomaron el camino de retorno a casa. Desde entonces, aquel lugar permaneció desolado por mucho tiempo. Solo el verde madero, erguido sobre la peaña, guarda en su silencio el secreto de lo ocurrido.

                                      "Junto al fogón, relatos de vida y del alma"

Carlomagno cabalga en los Andes

 


Fuente: Boletín 6 del CRQ

https://drive.google.com/file/d/1121axBDs2mPQtZLONSlwzBhiWZziDy0i/view?usp=sharing

HUAMANTANGA

Este pueblo, cuna del ilustre cosmógrafo mayor del Perú, doctor de José Gabriel Moreno, se halla situado en la cima de un cerro de empinadís...